"A COMER PANCITA CON LOS AGACHADOS"

 Carlos Eduardo Díaz

Periodista


Tal vez hayan escuchado aquella canción que cantaba don Germán Valdés, mejor conocido como “Tin Tan”, que decía así:

“A comer pancita con Los Agachados / que vengo muy crudo, ay… / (De todo tengo, siñor…) / la tiene suave, muy bien calientita, / con su cayito sabroso y gordito, / su cebollita muy bien picadita… Chicharrón muy picosito como a mí me va a gustar, / romeritos muy tiernitos en su mole de pipián, / chayotitos calientitos con tortas de camarón…”

Décadas después, esta canción volvió a ponerse de moda gracias a Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, que la retomó en 2005 y la acercó a nuevas generaciones. Sin embargo, la esencia seguía siendo la misma: “Vamos con Los Agachados”. Y esa frase no solo hablaba de ir a comer, sino de acudir a un espacio profundamente mexicano: un lugar para convivir, conversar, mirar el ir y venir de la gente, compartir la mesa con desconocidos y dejarse envolver por el aroma de los guisos recién hechos. Sitios donde el vapor de las ollas, el ruido de los platos y hasta los inevitables chismes de sobremesa formaban parte de la experiencia.

Todo ello, además, a precios accesibles para trabajadores, estudiantes y familias enteras.

En realidad, el término “agachados” se refería originalmente a las personas de bajos recursos que acostumbraban comer en puestos callejeros, fondas o mercados populares. Muchos de esos establecimientos tenían bancos muy bajos y mesas pequeñas, de modo que los clientes debían sentarse casi encorvados o “agachados” para poder comer cómodamente. De ahí surgió el curioso apodo.

Con el paso del tiempo, el nombre dejó de referirse únicamente a los comensales y terminó convirtiéndose en la identidad misma de estos negocios. No fueron pocos los establecimientos que adoptaron el nombre de “Los Agachados” como marca propia, aunque el término siguió utilizándose de manera genérica para describir este tipo de fondas populares. Algo semejante ocurrió con los antiguos “cafés de chinos” o “cafés de chales”, sitios emblemáticos de la vida cotidiana en la Ciudad de México durante buena parte del siglo XX.



Comer con "los agachados” era, en muchos sentidos, parecido a visitar las actuales cocinas económicas: lugares donde, con poco dinero, cualquiera podía disfrutar de una comida abundante, casera y reconfortante. El menú podía incluir desde tortas, tacos y antojitos hasta la clásica comida corrida: sopa aguada, arroz o pasta, frijoles y un guisado fuerte acompañado de tortillas recién hechas, salsa molcajeteada y agua fresca. Y, si había suerte, hasta un pequeño postre.

Aquellos lugares eran mucho más que simples expendios de comida. Eran puntos de reunión para obreros, comerciantes, estudiantes, taxistas, empleados de oficina y vecinos del barrio. En torno a sus mesas se discutía de futbol, política, cine, amores, problemas familiares y noticias del día. Comer allí significaba participar, aunque fuera por un rato, en la vida colectiva de la ciudad.

¿Y cuál era el menú de Los Agachados? Dejemos que el propio Tin Tan nos lo recuerde:

“Tiene mole de olla, sazonado con cilantro, / con su rama de epazote, con su flor de calabaza, / xoconostle y verdolaga, frijolitos calientitos / con chilito picadito, tortillitas calientitas sacaditas del comal…”

Ah, nuestras comidas mexicanas. Ese bendito momento de congregarse alrededor de una mesa, mover el bigote sin clemencia y disfrutar, simplemente disfrutar, de la comida y de la sobremesa. Porque, como dice el viejo refrán: “Si tiene prisa, ¿para qué se sienta a comer?”


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Imagen tomada del libro “Vocabulario prohibido de la Picardía Mexicana”, de Armando Jiménez

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