Las Primeras Damas mexicanas: símbolo, estatus y oficio
Carlos Eduardo Díaz
Periodista
Aunque actualmente
carecemos de una por razones obvias, el cargo de primera dama de México ha sido
símbolo y mito al mismo tiempo. La denominación no oficial que recibía la
esposa del presidente de México era todo lo suntuosa que debía ser, tanto que
debía escribirse con mayúsculas.
Pues bien, el de Primera
Dama no era un cargo oficial. Se ejercía de oficio, de manera protocolaria y carecía
de funciones especiales. Y, por supuesto, no implicaba recibir salario alguno ni
ningún otro tipo de compensación. Al menos en las formas.
La esposa del mandatario
en turno cumplía con ciertas funciones ornamentales, como ser la acompañante
del presidente en viajes o recepciones oficiales y participar activamente en
instituciones de índole benéfica o social.
Hagamos un paréntesis
interesante: casi siempre, este papel era ejercido por la cónyuge del presidente.
Sin embargo, ha habido dos primeras damas que no eran sus mujeres. Fue el caso
de Hortensia Elías Calles, hija de Plutarco Elías Calles, y de Guadalupe Díaz
Ordaz Borja, hija de Gustavo Díaz Ordaz.
En el actual sexenio,
presidido por Claudia Sheinbaum, los mexicanos contamos con un primer
caballero: José María Tarriba Unger, doctor en Física y esposo de la presidenta,
de quien no se sabe gran cosa, al menos que alimenta las notas de color.
Hasta el momento, en dos
ocasiones las esposas de los presidentes se han negado a recibir el trato de “Primera
Dama”. La más recordada, por ser la más reciente, es la cónyuge de Andrés Manuel
López Obrador, Beatriz Gutiérrez Müller. No obstante, la primera persona que se
negó a recibir este trato fue María Esther Zuno, esposa de Luis Echeverría,
quien exigió que se le llamara “compañera”.
Por cierto que doña Esther
tanto se empeñó en involucrar en el trabajo social a las parejas de los hombres
del poder, que, comenzando por las esposas de los gobernadores, presidentes
municipales, miembros del gabinete, altos funcionarios y mandos del Ejército, así
como consortes de los embajadores, las inscribió en una asociación que ella
misma fundó y a la que bautizó como Red de Servicio Social Voluntario, que
desde luego no era voluntario.
Este altruismo —forzado o
no, de fotografía o no— contrasta con la actitud de doña Beatriz Gutiérrez,
quien, ante la pregunta de un usuario de twitter (“¿Cuándo atenderá personalmente
a los padres de niños con cáncer? Gracias por su amable respuesta”), respondió
sin gracia: “No soy médico, a lo mejor usted sí. Ande, ayúdelos”. Aunque, eso
sí, en otro momento declaró: “Soy ciudadana como el resto de los mexicanos. He
ayudado, ayudo y ayudaré sin estarlo divulgando”.
Casi todas las primeras damas han caído en los excesos. La tentación que da el poder es traicionera. Doña Carmen Romano de López Portillo se preocupó por promover la cultura. Creó el Fondo Nacional para Actividades Sociales, fomentó la educación artística en cientos de jóvenes sin recursos y fundó casas de cultura y talleres de enseñanza musical. También auspició orquestas profesionales, como la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, y creó el Premio Internacional Literario Ollin Yoliztli, pero viajaba por el mundo acompañada por una orquesta filarmónica y un trío, y se hospedaba en las mejores suites de los mejores hoteles. En sus habitaciones siempre debía haber un piano de cola. Y no hablemos ya de su afición por acudir a los restaurantes más exclusivos de México y de correr a los comensales ahí presentes. Ella pagaba (con los impuestos) la cuenta de todos, con tal de quedase sola, pues no le gustaba estar rodeada del “pueblo”.
De la discreta y gris Paloma
Cordero de De la Madrid se puede decir que le tenía horror a la sangre y se
negaba a ver desgracias o escenas de tragedia. Por eso no quiso saber nada de
San Juanico o de los terremotos de 1985. Cecilia Occelli de Salinas fue
discreta y no dio mayores motivos de escándalo, al igual que Nilda Patricia
Velasco, quien se dice que intentó por todos los medios impedir que su marido
(Ernesto Zedillo) aceptara la candidatura presidencial. Aunque fue
prácticamente invisible, los rumores afirmaban que vivía encerrada, temerosa de
algo que pudiera sucederle a su marido; algo como lo que le sucedió a Luis Donaldo Colosio. Con el tiempo, su padre y sus hermanos fueron
vinculados con el Cártel de Colima y, recientemente, un candidato a ministro de la
Suprema Corte pretendió embarrarla con unos audios nunca comprobados.
Con Marta Sahagún la
frivolidad (y algunos dicen que hasta el toloache) arribó a Los Pinos y, sin
duda, su influencia ayudó a convertir el prometedor sexenio foxista en un
doloroso tiempo perdido. De Margarita Zavala lo peor que puede decirse, y en
efecto le han dicho, es que es esposa de Felipe Calderón.
De la actriz Angélica
Rivera se recuerda la compra de la Casa Blanca –valuada en siete millones de
dólares–, sus paseos de compras por Beverly Hills y los costosos vestidos que
utilizaba en sus eventos públicos. En tanto que de doña Beatriz se debe
recordar el ascenso que recibió dentro del Sistema Nacional de Investigadores
del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), al ingresar al nivel 1,
lo cual la hizo acreedora a un apoyo mensual de 15 mil 846 pesos, al mismo
tiempo que su esposo eliminaba los fideicomisos del Conacyt, por lo cual buena
parte de los investigadores del organismo se quedaron sin estímulos económicos.
Sin embargo, la joya de la corona es otra: el hecho de que la exnoprimera dama
inició los trámites para obtener la nacionalidad española.
Apoyada en la Ley de
Memoria Democrática, que permite adquirir la ciudadanía a descendientes de
exiliados o españoles que abandonaron el país por razones políticas o de
persecución durante la dictadura de Francisco Franco, Gutiérrez Müller olvidó
de un plumazo que ella respaldó el envío de una carta dirigida al rey de España
en la que se le exigía una disculpa formal por los abusos cometidos durante la
Conquista. Para diversos periodistas, de hecho, ella fue una de las autoras
intelectuales de la idea. De presunta agraviada a aspirante a súbdita en unos
cuantos movimientos.
Ser primera dama en
México es símbolo, estatus y oficio. Cientos de historias se acumulan y
aguardan para ser contadas. En otro momento volveremos a este tema.
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