EL BAILE DE LOS 41
Carlos Eduardo Díaz
Periodista
Era la madrugada del 18 de noviembre de 1901. La fiesta estaba en su mejor momento: música, risas, conversaciones, los mejores vinos y los tabacos más finos. La alegría era evidente, no solo al interior de la elegante vivienda, sino también al exterior. Por la calle se extendía el eco del bullicio y el alboroto se colaba hasta las casas circundantes. Esto fue precisamente lo que molestó a los vecinos, quienes, cansados de tanto escándalo, llamaron a la policía.
Raudos y listos para entrar en acción, los gendarmes arribaron al domicilio, ubicado en la calle de La Paz (hoy Ezequiel Montes, a una cuadra del Monumento a la Revolución). Como eran las tres de la mañana y el ruido resultaba insoportable, sin pensarlo tocaron a la puerta. Alguien les abrió y ellos ingresaron sin mayores trámites. Sin embargo, la sorpresa fue instantánea, pues hallaron ahí, en plena sala, a 41 hombres… aunque la mitad de ellos estaba vestida de mujer. Es decir, 22 vestían de varón (traje, corbata y chaleco, como demandaba el uniforme de catrín), mientras que los otros 19 usaban llamativos y coquetos atuendos femeninos.
La policía condujo a todos a la Cárcel de Belén. Muy pronto corrió un rumor que persiste hasta nuestros días: que no eran 41, sino 42, y que uno de ellos fue liberado de inmediato al conocerse su identidad.
Se decía –y se sigue diciendo– que ese uno era, ni más ni menos, que Ignacio de la Torre y Mier, empresario, político y hacendado, además de esposo de Amada Díaz, hija preferida del presidente Porfirio Díaz. Su cercanía con el poder dio pie a toda clase de versiones. Lo menos que se dijo es que su parentesco político evitó que su nombre apareciera en la lista oficial de detenidos. Lo que es cierto es que tanto hacía valer su parentesco don Ignacio, que, en todos lados, y a manera de burla, lo llamaban “El yerno de su suegro”.
A propósito de este peculiar personaje, va una pintoresca historia: en 1906, Emiliano Zapata asistió a una junta de campesinos en Cuautla para discutir la mejor forma de defender las tierras frente al abuso de los ricos hacendados. Su carácter rebelde lo condenó a la leva. Para en 1908, fue incorporado al 9º Regimiento de Caballería, bajo el mando del coronel Alfonso Pradillo. En Cuernavaca, fue asignado como caballerango a Pablo Escandón, jefe de Estado Mayor de Porfirio Díaz. Meses después, fue trasladado a cumplir las mismas funciones, pero ahora bajo el mando de Ignacio de la Torre, quien le habría tomaría especial afecto por su destreza y conocimiento con los caballos.
Se dice que ambos hombres se conocieron en el corral de la hacienda de San Carlos Borromeo, de donde De la Torre se lo habría llevado a trabajar durante seis meses a la Ciudad de México con el cargo de caballerizo mayor en su casona de Reforma (Plaza de la Reforma 1, frente a la unión de la Avenida Bucareli, Paseo de la Reforma y Avenida Juárez, enfrente de donde se encontraba la Estatua Ecuestre de Carlos IV). Este tiempo le bastó a Zapata para huir despavorido ante los excesos de la alta sociedad porfirista, por lo que se refugió en su querido Anenecuilco. Se asegura que afirmó: “no es posible que los caballos vivan mejor que los campesinos de Morelos”.
De este punto en adelante debemos avanzar con extremo cuidado, pues las distintas versiones que aseguran lo que a continuación voy a narrar están influidas por múltiples novelas históricas a las que les sobra imaginación y les falta rigor histórico. Una vez avisados, aquí vamos.
Los rumores sostenían que Zapata era mucho más que el caballerango de José Ignacio. Que, durante el gobierno de Carranza, De la Torre fue aprehendido, acusado de participar en la conspiración que condujo a los asesinatos de Madero y Pino Suárez. Que de la prisión fue liberado por Zapata, pero que no fue puesto en completa libertad, sino mantenido en cautiverio, aunque siempre cerca del caudillo. Que, durante esos encierros, y dada la fama que cargaba, tanto la tropa zapatista como el resto de los internos abusaron tanto de él que le dejaron muy lastimada la cavidad anal, y que, por eso, cuando los carrancistas tomaron Cuautla y liberaron a los presos, don Ignacio huyó a Puebla. Posteriormente, disfrazado de arriero, salió del país hacia Nueva York.
Por desgracia para él, apenas desembarcó y tuvo que ser internado de emergencia, pues llevaba las hemorroides tan lastimadas que ni siquiera una operación de último minuto pudo salvarle la vida.
El caso es que aquel baile dio origen al uso del número “41”, que hasta hoy se emplea en tono burlesco o discriminatorio, y ha inspirado versos, canciones, chistes, anécdotas, obras teatrales y películas dentro de la cultura popular mexicana.
Ni hablar. El juicio popular –encabezado por los grabados de Posada– es implacable. Terminemos solamente recordando el más famoso de los dichos que nacieron por entonces y que sentencia “Vale más 1 que 41”.
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Imágenes tomadas de internet
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