La casona de San Jacinto
Por Carlos Eduardo Díaz, periodista
Para quienes crecimos en el sur de la Ciudad de México, este escenario nos resulta sumamente familiar. Se localiza a unos metros de la iglesia de San Jacinto, en San Ángel, exactamente en el cruce de las calles Juárez y Árbol. Además de su indudable belleza, lo destacable es su historia, pues resulta que la fachada que observamos en la imagen no siempre estuvo ahí ni se construyó para estar en ese lugar. Originalmente era la entrada del Hospital Real de Naturales y se ubicaba en San Juan de Letrán, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas.
Los antecedentes de este hospital datan de 1521, cuando cayeron las ciudades de Tenochtitlan y Tlatelolco en manos del ejército de Hernán Cortés. A causa de las enfermedades traídas por los europeos y esclavos africanos, y que en este continente eran desconocidas (principalmente la viruela y el sarampión), la mortandad entre los nativos fue alarmante.
Por muchas razones preocupaba esta circunstancia, sobre todo porque, sin suficientes indios sanos y, claro está, vivos, la mano de obra escasearía. Por tal motivo, Cortés ordenó que se fundara un lugar especial para que los nativos fueran atendidos y curados. Con el tiempo, y por intercesión directa de Vasco de Quiroga y Pedro de Gante, se consiguió un terreno a espaldas del Convento de San Francisco, junto al Real Colegio de Estudiantes de San Juan de Letrán, muy cerca de la moderna Torre Latinoamericana. De este modo, en 1531 comenzó la construcción definitiva del Hospital.
Por cierto que la Corona Española se mostró sumamente interesada en este proyecto y lo apoyó de manera decisiva. Uno de los motivos fue que allí se podrían realizar muchas investigaciones que en Europa estaban prohibidas por la Inquisición, como las autopsias. Por entonces, la sola idea de abrir un cuerpo humano (templo por antonomasia del Espíritu Santo) se consideraba profanación, sacrilegio e incluso obra del demonio. En aquel lugar, pues, no sólo se abrieron cuerpos humanos, sino que también se estudiaron. No por casualidad, el Hospital Real de Naturales se transformó, dos siglos después, en la Real Escuela de Cirugía de México.
Al ser demolido aquel viejo edificio, en 1931, el arquitecto Vicente Mendiola salvó la fachada y ordenó que la trasladaran piedra por piedra hasta San Ángel, al lugar que hoy ocupa, para preservar su memoria y su belleza. Esa casa, por cierto, perteneció a Luis Montes de Oca, un connotado empresario, político y diplomático que se desempeñó como secretario de Hacienda con los presidentes Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil y Pascual Ortiz Rubio, así como director general del Banco de México durante la administración de Lázaro Cárdenas.
Ubicada a la derecha de la imagen se localiza la pequeña y pintoresca Plaza de los Licenciados, llamada así porque en los alrededores solían vivir diversos y muy famosos abogados, entre ellos don Rafael Martínez de la Torre, quien fungió como defensor del emperador Maximiliano durante el juicio que se llevó a cabo en Querétaro entre el 12 y el 14 de junio de 1867, en el cual se le acusó de traición y de haber ocasionado la muerte a miles de mexicanos al defender a un gobierno impuesto por intereses extranjeros. Maximiliano, desde luego, perdió el juicio y fue condenado a morir fusilado en el Cerro de las Campanas el 19 de junio del mismo año.
Pero la historia de la casona no termina aquí. En 1968, esta hermosa fachada fue locación para la película "Las visitaciones del diablo", de Alberto Isaac, basada en el magnífico libro homónimo de Emilio Carballido.
En la trama, un joven (Enrique Elizalde) regresa de su larga estancia en Europa y se hospeda en la porfiriana finca de sus millonarios tíos (Ignacio López Tarso y Gloria Marín). Ahí, tanto los trabajadores como su inválida prima están convencidos de que, por las noches, el demonio se aparece y se pone a vagar por los jardines. Excelente elección, a decir verdad, pues una antigua leyenda cuenta que, precisamente en los cercanías de la Plaza de los Licenciados, solía aparecerse durante las noches el espíritu de un fraile, el cual flotaba con ligereza al carecer de pies.
Una maravilla de lugar.
* Fotografía del autor

Buenisimo… claro que la recuerdo!
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