La fascinante historia de "El Salón Secreto"
Por Carlos Eduardo Díaz
Periodista
Nuestro hermoso Museo Nacional de
Antropología fue inaugurado el 17 de septiembre de 1964. Sin embargo, la
costumbre de reunir y exhibir objetos pertenecientes a culturas ancestrales es
–en nuestro caso– tan remoto como la llegada de los mexicas al altiplano
mexicano, pues fueron ellos los primeros en darse a la tarea de explorar y
excavar en busca de utensilios antiguos. Para diversos estudiosos, los mexicas
fueron los primeros arqueólogos.
Siglos después, el primer
presidente del México independiente, Guadalupe Victoria, decretó la creación
del Museo Nacional Mexicano, mismo que, décadas más tarde, y por mandato del
emperador Maximiliano, fue ubicado en el recinto que ocupó durante largo
tiempo, en la calle de Moneda número 13, donde existió una singular sección a
la que no todo el mundo tenía acceso. Se trató del Salón Secreto.
La historia
Cuando los conquistadores
españoles arribaron a nuestro territorio, se toparon con miles de cosas nuevas
que les eran absolutamente ajenas, algunas de las cuales los maravillaron, pero
otras los escandalizaron e incluso los atemorizaron. Recordemos el contexto.
La expedición de Hernán Cortés
ancló en Veracruz en la primavera de 1519, apenas unos cuantos años después del
final oficial de la Edad Media. Las mentes medievales de los conquistadores y
frailes los llevaron a juzgar erróneamente y a la ligera algunas de las
costumbres y ritos que les eran comunes a los nativos americanos. Si a ciertos
observadores les escandalizaba el hecho de que los indígenas se bañaran a
diario, y a veces más de una vez al día, no extraña que prácticas como los
sacrificios humanos o la antropofagia les parecieran las pruebas definitivas de
que el demonio tenía bajo su poder a aquellas pobres criaturas.
Con la sexualidad ocurrió algo
semejante: encontrar hombres y mujeres desnudos, atestiguar rituales en los que
la sexualidad jugaba un papel protagónico, descubrir figurillas antropomorfas
en las que se exageraban los órganos sexuales, y toparse con dibujos con
escenas explícitas, fue demasiado para ellos. El paso lógico fue condenar,
prohibir y destruir… aunque muchos objetos sobrevivieron a la censura y a los
siglos.
El que estas manifestaciones
escandalizaran a los españoles tiene mucha lógica. Durante siglos, la
sexualidad humana se vio como algo pecaminoso. Adán y Eva habían sido
expulsados del Paraíso luego de acceder a ese conocimiento divino, por el que
mutuamente se descubrieron desnudos, por lo que se vieron en la necesidad de
taparse, de esconderse llenos de vergüenza. Eso es lo que se creía.
La palabra misma explica el
concepto: lujuria significa abundancia, exuberancia. Algo que es demasiado para
el ser humano, imposible de gobernar. Un vicio, un deseo incontrolable sobre
otra persona, lo cual pondría a Dios en un papel secundario. Para vencer al
pecado de la lujuria, la Iglesia recomendaba la castidad; la forma superior de
la templanza que controla, gracias a la recta razón, el deseo y el uso de la
sensualidad.
Por esta razón, por ejemplo, El
David, la aclamada estatua de Miguel Ángel, construida entre 1501 y 1504, que
representa al rey David antes de luchar en contra de su peligroso enemigo, el
gigante Goliat, muestra al prototipo del hombre perfecto, por dentro y por
fuera: un cuerpo estéticamente balanceado, pero con un miembro viril de
proporciones pequeñas y en estado flácido, pues lleva implícita la idea de que,
el verdadero ser virtuoso es capaz de contener sus impulsos carnales.
Por el contrario, a las
representaciones de demonios y otros seres infernales se les representaba con
enormes y erectos miembros, pues eran salvajemente sexuales, lujuriosos,
débiles y corrompidos por naturaleza.
Cuando los frailes españoles se
encontraron con figurillas de arcilla que representaban a hombres con miembros
erectos, algunos de las cuales, evidentemente, simulaban masturbaciones, o con
representaciones de vaginas, enormes falos de piedra, y cerámicas con escenas
sexuales, procedieron a la censura. Una censura que sobrevivió hasta el siglo
pasado.
El recinto
Fue en la segunda década del
siglo XX cuando el doctor Ramón Mena, jefe del Departamento de Arqueología del
Museo Nacional, tuvo la idea de reunir esta clase de piezas y preservarlas para
su estudio.
La colección se ubicó en el
segundo piso de aquel viejo museo y su naturaleza fue tan peculiar que no
hallaron mejor nombre para llamarla que “Salón Secreto”. Un recinto donde se
resguardaban piezas de culturas tan diversas que iban desde la maya hasta la
mexica, pasando por la huasteca, la tarasca y la zapoteca, entre otras.
En 1923, el investigador Ramón
Mena elaboró el Catálogo del Salón Secreto, en el que asentó que la colección
se componía de 31 ejemplares en piedra, 48 en barro cocido, nueve dibujos, un
vaciado y una fotografía, misma que había sido tomada en 1890 en Huejutla,
Hidalgo.
Hay que decir que la entrada a
este Salón estaba autorizada exclusivamente a investigadores con permiso en
mano.
Con los años, la colección se fue
ampliando con piezas traídas incluso de Europa y Asia, pero su tamaño final se
desconoce.
Cuando el museo se mudó a su
actual sede, en el bosque de Chapultepec, la colección del Salón Secreto se
desintegró. Algunas piezas se colocaron en las salas correspondientes, según su
cultura de procedencia, pero otras más desaparecieron. Se cree que otras
permanecen en las bodegas del museo. Incluso, en 1993 la revista Proceso
solicitó el ingreso al lugar para contar las piezas de naturaleza fálica, pero
les fue negada la entrada.
Combinando historia con fantasía,
la existencia del Salón Secreto se ha convertido en una fascinante leyenda que
irremediablemente echa a volar la imaginación.
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