María Félix, el mito de belleza eterna
Por Carlos Eduardo Díaz
Periodista
En cierta ocasión, un
reportero le preguntó a María Félix si era lesbiana. Ella, siempre altiva, de
respuesta siempre fácil, contestó: “Si todos los hombres fueran tan feos como
usted, pues sí sería lesbiana”.
María. María Bonita. La
Doña. La perfecta y gran diva del cine mexicano. Controversial, ególatra,
encantadora. Catalogada en sus años de gloria como la mujer más bella del
mundo. Amada por muchos, deseada por casi todos, lo mismo admirada que temida.
La encarnación de un mito que ella misma construyó. María nació a causa de su
inteligencia, pero también gracias a su vanidad. Ella misma edificó su leyenda,
alteró la verdad, se inventó a sí misma.
María de los Ángeles
Félix Güereña nació el 8 de abril de 1914, en la ranchería El Quiriego, en
Álamos, Sonora. Su edad fue por muchos años parte de sus innumerables secretos.
Al escritor Paco Ignacio Taibo I, antes de comenzar las entrevistas que llevarían
a la realización de la biografía titulada La
Doña, lo obligó a jurar sobre una Biblia y dos velas que jamás revelaría su
edad. Taibo mantuvo el juramento pero, en su lugar, publicó en la primera
página de la obra su acta de nacimiento, la cual obtuvo sin mayores complicaciones
en el registro civil de aquella localidad.
Hija de Bernardo Félix,
descendiente de indios yaqui, y de Josefina Güereña, de ascendencia española,
María encarnó la belleza sublime de dos mundos que en ella lograron conjugarse.
Tuvo once hermanos. Su estrecha relación con su hermano Pablo alertó a su
madre, quien, temiendo un amor incestuoso, optó por separarlos. El joven fue
enviado a un colegio militar, donde poco tiempo después se suicidó. Entonces
corrió el rumor de que Pablo había terminado con su vida a causa del inmenso
dolor que le causó la ausencia de su amada hermana.
Lo cierto es que la niñez
de María fue inusual. Su recio carácter venía de nacimiento como una marca
indeleble. Se aficionó a los juegos de hombres y logró ser una gran jinete. Los
caballos siempre la emocionaron. En ellos veía la libertad y también la vida.
Domarlos, sentarse sobre ellos y lograr que la obedecieran, representaba una
metáfora de su propia leyenda.
Su belleza estaba más
allá de toda duda. Fue nombrada reina de la belleza estudiantil en Guadalajara,
a donde la familia se había mudado. Su coronación logró que su fama se
difundiera por todas partes. Los pretendientes no paraban de llegar, los
suspiros se multiplicaban. Pero ella siempre conquistó, jamás se dejó
conquistar. Es la mujer quien elige, afirmó en diversas ocasiones.
Su primer matrimonio fue
con Enrique Álvarez, con quien concebiría a su único hijo, el también actor
Enrique Álvarez Félix. A los dos los abandonaría años más tarde. Tiempo
después, con la ayuda de Agustín Lara, secuestró a Enrique, sólo para enviarlo
a diversos internados en el extranjero. Aquella madre amorosa y consentidora
que su hijo recordaba, se volvió de pronto una mujer exigente, dura, con aire
implacable.
Su leyenda pública
comenzó durante un viaje a la Ciudad de México, mientras contemplaba
escaparates en el Centro Histórico, justo en la esquina de las calles Palma y
Madero. Entonces, el director de cine Fernando Palacios la descubrió. Aquella mujer
parecía una visión celestial: el rostro hermosísimo, coronado por dos ojos
imposibles, que, más que observar las mercancías, se apoderaban de ellas sin
tocarlas. No pudo resistirlo. Palacios se acercó a ella y le preguntó si le
interesaba actuar en una película. Ella, aquella María de juventud desbordante,
replicó: “¿Quién le dijo que yo quiero entrar en el cine? Si me da la gana, lo
haré, pero cuando yo quiera, y será por la puerta grande”.
Estas palabras fueron
proféticas. No conoció papeles menores ni audiciones. Su primera aparición en
la pantalla grande de aquel cine de oro mexicano, fue con letras doradas.
Protagonizó El peñón de las ánimas,
en 1942, al lado de Jorge Negrete.
El rodaje de la película
no fue sencillo. Negrete ya era una estrella. Había pedido a su novia Gloria
Marín como coprotagonista. En su lugar, le endilgaban a una perfecta
desconocida, que además de altanera era tartamuda. Jorge se desesperaba. Las
tomas se arruinaban a causa de aquella debutante sin talento. Colérico, le preguntó:
“Señora, ¿con quién tiene uno que acostarse para estelarizar una película?”.
Ella sólo respondió: “Dígamelo usted; tiene más tiempo en esto que yo”.
Lo cierto es que después
de aquella primera actuación, el cine se rindió a sus pies. María jamás fue una
actriz virtuosa; muchas de sus películas resultaron un verdadero fiasco. Pero
en todas estaba ella. Bastaba con que la cámara tomara un acercamiento de sus
ojos, a sus cejas levantadas, a su piel tersa y sin mácula, para que todo
valiera la pena. De golpe, sin tener que esperar, María Félix se había
convertido en una estrella.
La verdad es que la vida
de María estuvo envuelta en un halo de misterio que ella misma se empeñó en
construir. Durante sus últimos años de vida, le dijo al periodista Ricardo
Rocha: “A una actriz no se le investiga, se le inventa”. Fue justamente lo que
hizo: inventarse y reinventarse tantas veces que la realidad y la verdad se
perdieron entre las redes de su mito.
Hay una certeza fuera de
toda duda, sin embargo: María nunca interpretó a mujeres sumisas. Siempre se
interpretó a sí misma. Sus papeles tenían su alma y ella misma adoptaba para su
vida personal los rasgos que le atraían de cada personaje. Los personajes eran
María; María misma fue un personaje de sí misma. Por eso jamás se interesó por
incursionar en Hollywood. “No nací para cargar canastos (…) me ofrecen papeles
de india y las indias las hago en mi país; en el extranjero sólo encarno a
reinas”, afirmó.
Al año siguiente de
incursionar en el cine, filmó una película que la marcaría por el resto de su
vida, Doña Bárbara; adaptación
fílmica de la novela del venezolano Rómulo Gallegos. Desde entonces, sería
conocida como La Doña. Eran tantas las similitudes que guardaba con este
personaje, que el mismo Gallegos, al verla en un restaurante, exclamó: “¡Es
ella! ¡Es mi Doña Bárbara! Tiempo después, el propio escritor le obsequiaría
una edición de su libro, en donde le resaltó una frase: “Agua clara del remanso
donde los cielos se miran”. Al margen, de su puño y letra, el escritor añadió:
“Ésta, María, eres tú”.
El 8 de abril de 2002,
exactamente el día de su cumpleaños, su cuerpo sin vida fue descubierto. Murió
mientras dormía. Semanas antes, durante un concierto, el cantante Luis Miguel
se había inclinado para besar su boca; la boca de aquella María Bonita de
belleza eterna.
Recibió homenaje en el
Palacio de Bellas Artes, pero su féretro permaneció cerrado, para perpetuar el
misterio que labró gracias a 47 películas y a una vida casi mitológica.
La Doña, Doña María,
María Félix, la mujer que sedujo al mundo e inventó su propia historia. La
única, la última diva, la de la mirada salvaje y cruel, sugerente y penetrante.
María, siempre fiel a sí misma, siempre altanera, siempre ególatra. La que se mantiene
viva simplemente porque así lo decidió: “Yo no me creo la Divina Garza… ¡Yo soy
la Divina Garza!".
* Imágenes tomadas de internet
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