Tomás Mejía, militar, conservador y momia sin tumba
El 19 de junio de 1867 fue fusilado el emperador Maximiliano
en el Cerro de las Campanas, Querétaro. Junto a él, fueron ejecutados los
militares conservadores Miguel Miramón y Tomás Mejía. El primero, llamado “El
joven Macabeo”, y quien tenía fama de valiente y buen estratega, ha sido, hasta
hoy, el mexicano más joven en ostentar el cargo de presidente de la República.
En cuanto al segundo, el general Mejía, puede decirse con tristeza que es el
menos conocido de los tres y que es, frecuentemente, malinterpretado e
injustamente tachado de traidor. Ninguna de estas circunstancias, sin embargo,
se compara con el cruel destino que le aguardaba al general después de muerto.
Sí, después de muerto, porque su castigo y su vergüenza pública no terminaron
en el momento de su deceso, sino que se prolongaron durante algunos meses más.
Vayamos al principio.
José Tomás de la Luz Mejía Camacho era un indio otomí. Nació
en el pequeño poblado de Pinal de Amoles, Villa de Jalpan, en la Sierra Gorda
de Querétaro. Si se afirma que origen es destino, en el caso de Mejía esto se
cumplió al pie de la letra, pues desde su nacimiento hasta su muerte sufrió de
una pobreza absoluta. Su carrera como militar fue obra de la suerte: cuando
tenía 21 años, un par de milicianos que inspeccionaban la zona donde vivía, lo
observaron montar y domar caballos. Su destreza les llamó la atención, por lo
que le ofrecieron el grado de alférez y lo enviaron al estado de Chihuahua a
combatir a los apaches. Uno de estos militares era José de Urrea, quien se
haría famoso por retar y mostrar su desaprobación con algunas de las decisiones
más polémicas del entonces presidente Antonio López de Santa Anna. Cuando el
presidente, por ejemplo, ordenó al ejército retirarse de Texas y dar todo por
perdido, Urrea le envió una carta en la que lo tildaba de cobarde y lo
responsabilizaba de la derrota, pues, a su parecer, la victoria por parte de
los mexicanos era posible sin mayores complicaciones.
Ya como parte de la milicia, Mejía participó en la defensa
de México durante la invasión estadounidense, en la Guerra de Reforma (apoyando
al bando conservador, desde luego) y, específicamente, en la Batalla de
Tacubaya, en la que las tropas del general Leonardo Márquez vencieron a las de
Santos Degollado. Por sus méritos en esta última, recibió el ascenso a general
de división.
Cuando Maximiliano llegó a nuestro país, el general Mejía se
mostró dispuesto a apoyarlo, no tanto por simpatizar con la causa francesa,
sino porque sus convicciones le impedían estar del lado de los liberales. En
aquel tiempo, la sociedad mexicana estaba tan polarizada que el escenario se
había dividido entre buenos y malos. Tanto para los liberales como para los
conservadores, los otros eran siempre los malos. Los conservadores señalaban a
los liberales por renegar de la religión católica y por su extrema afinidad con
los Estados Unidos y su ideología protestante; en tanto, los liberales se
burlaban de sus opositores por católicos, tradicionalistas, santurrones y
“mochos”. Les reclamaban el hecho de que suspiraran por el pasado impuesto por
Europa y no por el futuro de progreso y libertades que los Estados Unidos
representaba. Buenos contra malos, liberales contra conservadores, católicos
contra protestantes, Europa contra Estados Unidos. Expansionismo bueno contra
expansionismo malo. En la práctica, mexicano contra mexicano. Esta es una de
las razones por las que es injusto tachar de villano o traidor a los personajes
que participaron en la vida nacional durante aquel tiempo, pues tanto liberales
como conservadores actuaron como mejor les dictó su conciencia, y su conciencia
les aseguraba que estaban peleando por México.
Pues bien, Mejía, devoto católico, consideró que el lado
correcto era el de los conservadores. Por ello, en cuanto se encontró frente a
frente con Maximiliano, le dijo sin mayor preámbulo unas sencillas pero
reveladoras palabras: “Señor, no sé hablar ni mucho menos decir lo que otros
quieren que diga. Soy un soldado rudo que está dispuesto a derramar su sangre
por usted, y le juro que sabré morir a su lado si la suerte nos enviara juntos
al patíbulo”.
Irónicamente, sus palabras fueron proféticas, pues el 19 de
junio, ya frente al pelotón de fusilamiento, el general Mejía ostentó, debajo
de sus ropas negras, la banda que identificaba su rango militar. Miguel Miramón
en medio, pues Maximiliano le cedió el lugar para reconocer su figura y su
valor, y a los extremos el emperador caído y el propio Mejía. Según testigos,
fue el general Tomás Mejía el único de los tres sentenciados en mirar fijamente
a los soldados que estaban a punto de ejecutarlos.
Los tres cuerpos recibieron tratos por demás curiosos: el de
Maximiliano fue embalsamado torpemente. El doctor que lo hizo, le cortó
mechones de barba y cabello, así como pedazos de piel, para venderlos como
recuerdos. Tan deficiente fue su trabajo, que muy pronto el cadáver comenzó a
descomponerse y no hubo más remedio que colgarlo de cabeza durante varios días
para que los líquidos utilizados por aquel doctor se drenaran por completo. El
cuerpo de Miramón fue entregado a su viuda, Conchita, quien lo sepultó en el
Panteón de San Fernando. Cinco años después, cuando doña Concepción se enteró
de que el presidente Juárez había muerto y que sería enterrado en el mismo
cementerio, dispuso que los restos de su marido fueran exhumados y trasladados
a la catedral de Puebla, pues no toleraba la idea de que su noble esposo
descansara eternamente en el mismo sitio que el hombre que lo mandó matar. Pero
Tomás Mejía, comandante de la Caballería del Imperio, no tuvo tanta suerte.
Tan pobre era el general, que su viuda (Agustina Castro,
madre de un hijo recién nacido), al no contar con los recursos necesarios para
sepultarlo, sentó el cadáver embalsamado en la sala de su casa y lo dejó allí
durante varios meses. El acartonado cuerpo, vestido con riguroso traje negro y
la mano derecha colocada sobre el corazón, se mantuvo en una silla de madera,
mientras un sombrero, colocado al frente solicitaba la ayuda económica de los
visitantes para lograr el milagro que suponía la inhumación. Después de algunos
meses, un alma caritativa se compadeció y le obsequió a la viuda una tumba en
el panteón de San Fernando, donde reposa hasta hoy, a tan solo unos metros de
distancia del ostentoso monumento funerario de Benito Juárez. Muy pronto se
difundió una versión que aseguraba que el alma caritativa que donó la tumba fue
el propio Juárez. Nunca se comprobó esta versión.
En su testamento, el general Tomás Mejía dispuso su última voluntad de pobreza: “Dejo a mi hermano una casa de adobe y dieciocho vacas que tengo en Tolimán”.
Dieciocho vacas, una casa de adobe, una viuda y un huérfano. Es el resumen de su legado.


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