Las glorias perdidas de la Avenida Juárez
Carlos Eduardo Díaz
Periodista
Eran los años 20 del siglo pasado.
Esta fotografía fue tomada sobre la avenida Juárez casi al cruce con Paseo de la Reforma y Bucareli, vialidad, esta última, bautizada en honor al virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa, quien ordenó su construcción. La idea de don Antonio fue modernizar una calzada ya existente en la ciudad, ampliarla para que sirviera como un eficiente medio de comunicación y embellecerla con árboles y glorietas, al punto de que se convirtiera en un hermoso paseo dominical para los habitantes de la urbe.
Para entonces, la Avenida Juárez ya era una de las arterias más modernas de la capital; conectaba el Centro Histórico con la Alameda Central y zonas más modernas, como la colonia Juárez. Un dato curioso es que, por un tramo de esta vialidad, durante el virreinato solían caminar los sentenciados a muerte por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, pues su prisión se encontraba a un costado de la Plaza Santo Domingo, en el hoy Palacio de la Escuela de Medicina de la UNAM-Antiguo Palacio de la Inquisición, y eran conducidos hacia una de las orillas de la Alameda Central, donde se localizaban los Quemadores.
Al fondo destaca el esqueleto del Palacio Legislativo que comenzó a construirse por orden del presidente Porfirio Díaz, y que la revolución dejó inconcluso. La idea original para este Palacio estaba inspirada en el Capitolio de Washington D.C., el cual alberga ambas cámaras del Congreso de los Estados Unidos.
Esta estructura se convirtió en el actual Monumento a la Revolución en 1938.
A la mitad del camino podemos apreciar la Estatua Ecuestre de Carlos IV, mejor conocida como "El Caballito".
Obra del director de escultura de la Academia de San Carlos, don Manuel Tolsá, fue terminada en 1803 y colocada en la Plaza Mayor (Zócalo). Tras la independencia, por causas del odio a todo lo que oliera a España, la cambiaron de lugar para mantenerla en resguardo en el patio de la antigua universidad.
Cuando los ánimos antiespañoles se tranquilizaron, y se olvidó la idea de fundirla para utilizar sus 13 toneladas metálicas en la fabricación de cañones o monedas, "El Caballito" fue ubicado en este punto, donde permaneció entre 1852 y 1979. Al final, fue trasladado a su domicilio actual: la calle de Tacuba, en medio de la Plaza Manuel Tolsá del Museo Nacional de Arte, exactamente enfrente del Palacio de Minería.
Por aquel entonces, no existía la construcción que hoy conocemos como Munal, sino un convento dedicado a San Andrés. En ese espacio, de hecho, fue donde mantuvieron durante algunos días el cadáver de Maximiliano, luego de que arribó desde Querétaro en condiciones lamentables. El doctor que embalsamó el cuerpo en aquella ciudad lo hizo de manera deficiente, por lo que tuvo que repetir la operación varias veces. A causa de su torpeza, los restos del emperador austriaco se deformaron. En la capilla de San Andrés, el cadáver recibió un segundo proceso de embalsamamiento, con resultados no del todo alentadores, pues el médico practicante profanó el cuerpo y se dio a la tarea de vender reliquias (mechones de cabello, pedazos de piel y ropa, entre otras cosas).
Un año después, el convento se incendió hasta los cimientos. Los rumores afirmaban que el presidente Juárez había sido el autor intelectual del siniestro, pues el lugar se había convertido para entonces en un centro de peregrinaje para aquellos que suspiraban por un México gobernado por una monarquía europea.
El edificio que aparece a la derecha fungía, al momento de tomar la foto, como Secretaría de Relaciones Exteriores y, metros atrás, destaca el letrero del periódico El Heraldo de México, que no es, desde luego, el que conocemos en nuestros días.
Hay que notar con nostalgia los automóviles de época (aparentemente modelos Ford de los años 20) y el tranvía eléctrico, que era un transporte esencial en la ciudad por aquel entonces, así como las banquetas anchas, que hablan de una ciudad que se modernizaba rápidamente, pero que era, todavía, mayormente peatonal. Por cierto, el primer tranvía eléctrico de la Ciudad de México (antes se usaba el “de mulitas”) comenzó a operar el 15 de enero de 1900. Conocido como “Cerito”, fue inaugurado por el propio presidente Díaz y cubría la ruta Zócalo-Tacubaya.
En la actualidad, poco o nada queda de lo que podemos observar aquí, pues en el sitio se levantan una notable cantidad de referencias históricas y sociales, como la escultura El Caballito, del artista Sebastián; la Torre Prisma; el Edificio El Moro, sede de la Lotería Nacional; la Esquina de la Información, en honor a la antigua sede del periódico Excélsior y a las oficinas del diario El Universal; el Antimonumento +43; la rotonda de la Fuente de la República; la escultura Puerta 1808, y la Torre Caballito, que ocupa el terreno donde, a principios de los años 70, iba a construirse un hotel de la cadena Holiday Inn, el cual, gracias a sus eventuales 220 metros, 60 pisos y 700 habitaciones, estaba proyectado a convertirse en el hotel más exclusivo de América Latina, así como en el rascacielos más alto de Iberoamérica.
Tanta historia en una sola imagen.
*Imagen del cadáver de Maximiliano, tomada de internet.
Imagen de la avenida Juárez, reproducida a partir de una antigua postal
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