El asesinato de Álvaro Obregón y todas sus sospechas
Carlos Eduardo Díaz
Periodista
Álvaro Obregón fue presidente de México
de 1920 a 1924. También fue presidente electo en 1928, pero no alcanzó a tomar
nuevamente el poder. Fue asesinado el 17 de julio de 1928 en el restaurante La
Bombilla en la Ciudad de México por José de León Toral, un simpatizante
cristero que se oponía a las políticas anticlericales del gobierno.
Obregón era un militar carismático.
Bromista, dicharachero y de humor fácil que no tenía empacho en hacer chistes
incluso sobre sus desgracias personales.
Durante la Batalla de Celaya,
ocurrida del 6 al 15 de abril de 1915, en la que se enfrentó la División del
Norte, encabezada por Pancho Villa, contra las tropas constitucionalistas al
mando del general Álvaro Obregón, este último perdió el brazo derecho a causa
de una granada. La gente, entonces, comenzó a llamarlo “El Manco de Celaya.
Lejos de amilanarse, Obregón solía asegurar que él era el político perfecto,
pues “Aquí todos somos un poco ladrones. Pero yo no tengo más que una mano,
mientras mis adversarios tienen dos”, con lo cual aseguraba que robaría menos
que cualquiera de sus contrincantes.
Durante su mandato presidencial
dio inicio el México posrevolucionario. A él le tocó consolidar diversas
acciones que fueron impulsadas durante la revolución. Se trató de una
administración clave en la reconstrucción del país, con logros en educación,
economía y política, pero también con conflictos internos y un uso pragmático –por
decirlo de alguna manera– de la violencia.
Pues bien, tras dejar la
Presidencia en 1924, el general se mantenía en retiro, pero de pronto tuvo una genial
idea: abandonar sus días de descanso y volver a sentarse en la Silla Presidencial.
Para darle gusto, los
legisladores tuvieron que reformar la Constitución, lo cual en realidad no representó
mayor problema gracias a la abundante cantidad de diputados dispuestos a
hacerlo sin el menor empacho. Uno de ellos, el afamado Gonzalo N. Santos, no
tuvo pudor en declarar momentos antes de entrar a la sesión: “Vamos a darle tormento
a la Constitución”.
Aunque su carácter, su leyenda y
sus alianzas le generaron apoyo inmediato, no todo el mundo estuvo contento con
la idea de la reelección. Uno de los personajes más influyentes que no dudaron
en mostrar públicamente su desacuerdo fue el secretario de Industria, Comercio
y Trabajo, el millonario sindicalista Luis Napoleón Morones Negrete, conocido
simplemente como Luis N. Morones. Su postura, sin embargo, muy pronto le
costaría su carrera, su patrimonio y hasta su poder.
Entre los inconformes se contaron
también Arnulfo R. Gómez y Francisco R. Serrano, militares de alto rango que
anhelaban lo mismo que Obregón: convertirse en presidentes. Para intentar
detenerlo, elaboraron un complot que incluía apresar tanto a Obregón como al
presidente Calles. Al descubrir sus planes, empero, los sonorenses optaron por
el camino más sencillo y los mandaron fusilar. Cuando Obregón se encontró
frente a frente con el cadáver de Francisco R. Serrano, lo miró fijamente y comenzó
a bromear: “Pobre Panchito, mira cómo te dejaron… A esta rebelión ya se la
llevó la chingada”.
En medio de este escenario, otros
disidentes exploraron métodos alternos para impedir el ascenso de Obregón, pues
consideraban que don Álvaro pintaba para ser otro Porfirio Díaz. Así fue como
surgió la idea de asesinarlo antes de que lo lograra.
Aunque hubo otros intentos, el
primero de los atentados en contra de Obregón que de verdad llamó la atención
sucedió el 13 de noviembre de 1927, en el bosque de Chapultepec, cuando un
grupo de cristeros arrojaron una bomba a su auto en movimiento.
Torpemente planeado y peor
ejecutado, el ataque no causó daño alguno, pero se logró detener en el acto a
Luis Segura Vilchis, Juan Tirado y Nahúm Lamberto Ruiz. Al rastrear el
automóvil que los tres hombres utilizaron para huir, se halló que cinco días antes
se lo habían comprado a un tal Humberto Pro Juárez. En automático, se ordenó el
arresto de Humberto y de sus hermanos, Roberto y Miguel Agustín. Este último
resultó ser el famoso sacerdote que solía oficiar misas y socorrer a los fieles
en secreto. No hubo nada más que investigar.
Pocos días después de su arresto,
sin juicio ni desahogo de pruebas, la mayoría de los acusados –el Padre Pro
entre ellos– fueron fusilados en el patio trasero de una comandancia de la
policía capitalina. Como dato curioso, el compositor Agustín Lara, quien había
sido detenido por protagonizar una riña en el burdel donde trabajaba, fue
testigo del ajusticiamiento. El sacerdote Miguel A. Pro, por cierto, fue
beatificado por el Papa Juan Pablo II en 1988.
El siguiente de los atentados
contra Álvaro Obregón, sin embargo, sí tuvo éxito y cambió la historia para
siempre.
Para entonces ya se habían
llevado a cabo las elecciones presidenciales. Aquel 1 de julio de 1928, durante
los comicios federales, participaron un millón 673 mil 453 mexicanos. La gran
sorpresa fue que todos, así es, todos los votantes sin excepción optaron por
Obregón, con todo lo que un 100 por ciento de simpatía electoral significa.
Dos semanas después, el 17 julio,
el general, en su calidad de presidente electo, acudió a una comida organizada
en su honor por diputados guanajuatenses. El lugar fue el restaurante La
Bombilla, ubicado en San Ángel.
José de León Toral, a quien se le
ha llamado desde el principio “caricaturista católico”, se acercó a mostrarle a
Obregón un dibujo que le había hecho. Cuando estuvo cerca, le disparó a
quemarropa y lo mató.
De León Toral fue condenado a
muerte, en tanto que la religiosa Concepción Acevedo de la Llata, mejor
conocida como “La Madre Conchita”, fue condenada a purgar 20 años de prisión en
las Islas Marías, acusada de ser la autora intelectual del asesinato, cargo que
nunca le fue probado. Para la gente común y corriente, sin embargo, el
verdadero autor intelectual estaba libre y permaneció sin castigo. Como un
juego de palabras, solían preguntar:
- ¿Quién
mató a Obregón?
Y la respuesta era un simple:
- ¡Cállese!
La contestación, desde luego,
aludía al general Plutarco Elías Calles, quien se consolidaría como el
verdadero poder detrás de la Silla Grande hasta 1934, cuando el presidente
Lázaro Cárdenas tuvo las agallas de enfrentarlo y expatriarlo.
Volviendo a la historia, resulta
curioso que, en sus memorias, la Madre Conchita recuerda un episodio ocurrido
durante su juicio: “De pronto –escribe– alguien se me acercó por atrás, se
recargó con disimulo en el respaldo de la silla, y me dijo muy quedito: Vengo
de parte de los jurados; dicen que la absolvieron por estar en su conciencia
que usted es inocente, pero que los han amenazado de muerte y que los matarán a
ellos y a usted, y que como de la cárcel se sale y de la tumba no, la van a
sentenciar cediendo a la violencia, pero que no pueden salir del salón de
deliberaciones sin que usted los perdone”.
Estudios posteriores demostraron
que el caricaturista no actuó solo y que el magnicidio se trató de un verdadero
complot, pues el cadáver de Álvaro Obregón presentaba orificios de balas de
diferentes calibres.
* Imágenes tomadas de internet
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