El vampiro: la perfecta antítesis de Dios

 Por Carlos Eduardo Díaz

Periodista


Aunque el mito del vampiro se popularizó en Europa a lo largo del siglo XVIII, en realidad la creencia en estas criaturas míticas que se alimentan de sangre se remonta a la antigüedad. 

Tanto en Grecia como en Mesopotamia, así como en la antigua Babilonia y Egipto, existían historias que hablaban de monstruos que atacaban a las personas que se encontraban dormidas, demonios que bebían sangre, cadáveres andantes que consumían la sangre de los vivos y de este modo propagaban la peste y, desde luego, una de las leyendas por excelencia: Lilith, la primera mujer de Adán, creada también de tierra, pero de corazón rebelde. Al negarse a someterse a los designios de su pareja, fue expulsada del Edén y se convirtió en un ser demoníaco, asociada con la noche y la rebeldía. Distintas versiones aseguran que ella es la madre de los vampiros. 

En la Europa medieval, específicamente en los países del Este, el mito del vampiro se popularizó y adquirió muchas de las características que hoy conocemos gracias a la literatura y al cine. 



Resulta interesante percibir que gran parte de las características clásicas del vampiro, pero también de sus debilidades, derivan de creencias particulares del cristianismo. Por ejemplo, la noción de inmortalidad. Según las leyendas, los vampiros no envejecen y pueden vivir indefinidamente, a menos que sean destruidos por medios específicos (una estaca en el pecho –no necesariamente en el corazón–, agua bendita, decapitación, la luz del sol, hostias consagradas, etcétera). La idea de la inmortalidad del vampiro nació a partir de la fe en la resurrección de Cristo: si Él resucitó gracias a su naturaleza divina, el vampiro, que no muere, es por consiguiente blasfemo y demoníaco. 

La siguiente singularidad es la sed de sangre. Se supone que el beber sangre (que es, por antonomasia, la imagen fundamental de la vida, el vehículo vital, el motor y la fuerza) es la fuente principal tanto de la fuerza sobrehumana del vampiro como de sus demás singularidades sobrehumanas. Pero, al mismo tiempo, es una forma de blasfemia, pues el vampiro, con cada succión, roba parte de la esencia de esa vida creada por Dios. Al ser él mismo un “no-muerto”, se dedica a robar, como un parásito, la esencia de la vida regalada por Dios a sus hijos, siendo el vampiro una criatura de la noche, surgida del demonio. 

La sangre es la esencia de la vida. Cristo dio su sangre para salvar a los hombres. Mediante la Consagración, el vino se convierte en sangre de ese Dios bueno. El hecho de que el vampiro beba sangre, y que además la beba con voracidad, reafirma su carácter blasfemo. 

En cuanto a la luz solar, la idea de que la exposición al sol puede debilitar, quemar o destruir a un vampiro se asienta en la simbología divina: Cristo es la Luz del Mundo; por lo tanto, en su presencia, toda maldad perece. 

Respecto a que una estaca de madera clavada en el corazón, o incluso simplemente en el pecho del vampiro, es capaz de matar a estas criaturas, alude al material con el que estaba fabricada la Cruz de Cristo. La madera representa la naturaleza, la renovación, el crecimiento, la creatividad y la armonía. Es decir, todos los elementos que son contrarios a la muerte y a la oscuridad. 



De igual modo sucede con el agua bendita, que puede quemar o, por lo menos, repeler a los vampiros por distintas razones: primera, porque el agua es símbolo de la vida; segunda, porque el agua purifica; tercera, por su simbolismo al momento del bautismo, que significa “nacer en la fe”, “nacer en Cristo”. Por último, si el agua está bendita, y por lo tanto posee la esencia divina, implica que destruye a las fuerzas de la oscuridad. 

En gran parte de las tradiciones, los vampiros no se reflejan en los espejos ni producen sombra. El trasfondo de esta creencia es que los vampiros no tienen alma. Como el alma es creada por Dios y simboliza la esencia inmaterial de las personas, lo que les da vida y les permite pensar y sentir, y define su individualidad, el vampiro, esclavo de su destino, de su insaciable sed de sangre y de sus pasiones carnales, sencillamente no puede poseer el mayor de los obsequios que Dios le dio a sus hijos: la vida. 

Las características que la tradición, la literatura y el cine les han otorgado a los vampiros fueron tomadas también de algunos de los síntomas de posesiones demoníacas. 

Según la Iglesia Católica, una posesión demoníaca existe si el supuesto poseído presenta al menos algunos de los siguientes signos: 

Sansonismo: fuerza extraordinaria, más allá del peso y de la estatura de la persona. 

Hierofobia: aversión a todo lo que tenga que ver con la Iglesia; no pueden escuchar ni hablar de cosas de Dios. 



Xenoglosia: la capacidad de hablar en lenguas extrañas o muertas. 

Clarividencia: capacidad de ver cosas ocultas que no conoce. 

Levitación, cuando una persona se eleva del suelo sin asistencia, violando las leyes de la naturaleza y, por tanto, de Dios. 

Lo interesante de todo esto es escarbar y llegar a los orígenes del mito. El vampiro no posee sus características por casualidad ni porque le brindan un aire misterioso. El vampiro tiene esas características porque es la antítesis de todo lo divino. Su esencia misma es contraria a la esencia de Dios.


* Imágenes tomadas de internet

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