¿Son los lectores una especie en peligro de extinción?

 Carlos Eduardo Díaz

Periodista


Lo he platicado con mucha gente, en especial con distintos amigos escritores y editores, y el escenario que terminamos dibujando es catastrófico: los lectores se están acabando.

Habrá quienes opinen lo contrario, y ojalá tengan razón. Aunque, en este tema, no tiendo a ser extremista, mi análisis es que los lectores —y no con lentitud— se están convirtiendo en simples espectadores. No solamente para las generaciones más jóvenes, sino para la gente en general, es más sencillo y cómodo ver un video de unos segundos de duración, que tener un libro entre las manos.

Yo, que soy un auténtico dinosaurio, no concibo vivir sin estar, literalmente, rodeado de libros. He hablado incluso del placer sensorial que me provoca traer un libro en las manos mientras camino o hago cualquier otra cosa.

Ni la lectura ni el libro van a desaparecer, eso es claro, pero los tiempos ya cambiaron.

Cuando un lector —que por antonomasia es crítico, deductivo y posee un hambre de conocimiento más o menos importante— se convierte en un espectador a secas, sucede una tragedia, porque, a diferencia de un lector que decodifica, el espectador simplemente abre la boca para tragar sin cuestionar.

El espectador contemporáneo no disfruta, solo engulle. Su voracidad —no su hambre— es insaciable porque siempre está a la espera de algo más, de lo siguiente, lo siguiente. Por eso consume, durante largas horas y sin saciarse, decenas de videos de ínfima calidad que encuentra en las diversas redes sociales, y siempre tiene espacio para otro y otro y otro más.

Lo mismo le da consumir con ansiedad contenidos patéticos difundidos por “influencers” que deglutir series y películas que no cumplen con los estándares mínimos. Porque, quizá desde la pandemia, la industria dejó de hacer cine (el cine entendido como el arte de contar historias utilizando diversas disciplinas visuales y sonoras) para comenzar a producir contenidos para consumidores obesos (y no me refiero a su físico) que desean más y más sin reparar en la calidad. Incluso, el fanático tradicional —el que exigía calidad y mostraba las contradicciones en una saga porque conocía los libros, la mitología y cada película a detalle, a veces mejor que los productores— dejó de existir para dar paso a un consumidor insaciable de comida chatarra.



¿Es esta clase de espectadores producto de nuestros tiempos o son nuestros tiempos los que generan este tipo de audiencias? No lo sé. Se trata del eterno debate entre el huevo y la gallina, pero es claro que es la nueva realidad. El espectador moderno no piensa, solo observa; no es exigente, come lo que hay; no disfruta, traga sin que sus papilas gustativas o su criterio se interpongan. El espectador moderno tiene una capacidad de atención de únicamente tres o cuatro segundos. Los creadores de video lo saben: atrapas a tu espectador al instante o lo pierdes irremediablemente.

En medio de este escenario, ¿tiene futuro el libro? Sin duda, pero se enfrenta a retos inéditos.

En la escritura tradicional se aconsejaba crear una frase —la primera— que enganchara y no soltara al lector, y que esta frase se hilara a un párrafo poderoso, y este diera paso a una página seductora que encadenara al resto del libro. A pesar de todo, los escritores se podían dar el lujo de ser densos, de escribir decenas de páginas particularmente difíciles y en extremo descriptivas. Buscaban, con total validez, no a un lector cualquiera, mucho menos a un lector ocasional, sino a un lector que estuviera dispuesto a introducirse en esas páginas, como quien se arrastra con dificultad por un camino de terracería, pero termina gozando de la maestría que el hábil escritor reservó para unos cuantos.

¿En tiempos de espectadores efímeros tendrían oportunidad de convertirse en clásicos libros como el Ulises, En busca del tiempo perdido o La montaña mágica?

Vayamos más allá: en tiempos de espectadores, pero no de lectores, ¿los libros aún pueden convertirse en clásicos? Esta pregunta tiene doble sentido al constatar que los editores de los grandes sellos comerciales, cuando firman a un nuevo y prometedor autor, lo obligan a cumplir con una cuota. Lejos de exigir calidad, las mismas editoriales piden un nuevo libro cada determinado tiempo (seis meses, un año). A sus libros anteriores, lejos de permitirles sobrevivir al tiempo y volverse clásicos, son olvidados y a veces no logran conseguirse más que en bazares y librerías de viejo.

Otro punto para considerar: la amplia oferta para que un autor publique sus propios libros, ha llevado a que prácticamente cualquier persona se convierta en “escritor”. Aunque autopublicar es un derecho, una cantidad importante de los libros de autor carecen de la calidad literaria que una editorial exigiría. A esto le podemos sumar la ausencia de corrección de estilo, un diseño no profesional y una portada que cumple apenas con su objetivo. Según estudios, los libros autopublicados venden 50 ejemplares en promedio.

Esto es particularmente cierto al observar la proliferación de “poetas” —algunos muy populares— que no escriben poesía, sino, a lo más, pensamientos optimistas y frases de superación persona, o bien, versos románticos semejantes a los que podrían encontrarse en una tarjeta de San Valentín.

Ni la lectura ni los libros van a desaparecer. Eso nos lo dice la Historia, pero tanto escritores como editores e incluso lectores tenemos el deber de buscar formas distintas y más eficientes de llegar ante nuevos ojos, incluso ante los ojos de los espectadores contemporáneos.

Tal vez el libro electrónico sea una verdadera alternativa, por las posibilidades que implica, pues puede llevarse en el teléfono, resulta más económico, es más rápido de difundir y no ocupa espacio en casa.

¿Los lectores se están acabando? No sé si “acabar” sea el verbo exacto, pero es claro que la lectura no volverá a ser la que era hace apenas una o dos décadas.


* Imagen IA

** Estimado editor, ¿desea reproducir este escrito en su espacio? Comuníquese al correo 3carloseduardo1@gmail.com 

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