Un semanario llamado Claridades

Carlos Eduardo Díaz

Periodista


Hace un rato, de manera estrictamente fortuita, me encontré esta foto en entre mis archivos. La imagen original, según recuerdo, era a todo color.



Me dio gusto encontrarla porque yo comencé mi carrera periodística precisamente en el semanario Claridades. No fue el primer medio donde escribí, pero sí fue el primero en el que me dieron la oportunidad de hacerlo número tras número, además de empaparme de la fuente política y convertirme, de buenas a primeras, en reportero investigador y articulista. Recibir todas estas oportunidades al mismo tiempo era un lujo que no podía rechazar. Era convertirme en cabeza de ratón, sí, pero a quién le importan esas cosas cuando uno es apenas un estudiante de tercer semestre de la carrera de periodismo.

Existía, además, un bono extra: conocer a la dueña del semanario, quien por entonces (1996, aproximadamente) tenía aún muy fresca su leyenda. Cuando estaba haciendo antesala para comenzar a colaborar con ellos, su secretario me preguntó: "¿Conoces a María Félix y a 'La Tigresa'?". Bueno —respondí yo— en persona no, pero claro que sé quiénes son. “Pues prepárate a conocerlas a las dos juntas”, me dijo él, al tiempo que, desde la oficina de la dirección, salía un potente y particular grito que le ordenaba: “¡Comunícame con el cabrón de Vázquez Raña!”. Vaya que conocer a la señora Medina era una experiencia irrepetible. Mujer de fuerte temperamento, pero gran corazón, su legado estaba lleno de anécdotas ganadas a pulso.

Trabajar en un medio que estaba por cumplir sesenta años de vida era grandioso. Un medio que comenzó siendo taurino y que, junto con El Redondel, era una tradición a las afueras de la Plaza México después de cada corrida. Un medio que hervía en historias. Un medio donde habían escrito Renato Leduc, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Jaime Sabines, Jacobo Zabludovsky… y tantos más.

Un medio que les había dado sus primeras oportunidades a jóvenes que, con el tiempo, se convertirían, incluso, en importantes directores de periódicos. Uno de ellos, por cierto, recién llegado de algún pequeño pueblo y, como es de imaginarse, sin un peso en la bolsa, se veía en la necesidad de dormir en las bancas de la Alameda, con su único saco hecho bola a manera de almohada. Este joven periodista llegaría a ocupar la dirección general de un enorme diario de los rumbos de Bucareli por más de dos décadas.

Otra de las delicias de Claridades era conversar con los formadores, los repartidores, las secretarias y las personas de la limpieza. Ellos tienen las mejores anécdotas en un medio de comunicación, porque ven todo mientras nadie los ve a ellos. Historias de la farándula, del mundo cultural, de los corredores políticos… No era extraño que me contaran cosas como: “A que no adivinas con quién encontraron al regente… y no fue con una mujer” o “¿Sabes cuál de tus colegas se va a comprar sus ‘cigarros’ hasta Santa Cruz Meyehualco?” o también “Adivina qué artista vino a rogar por un fotorreportaje y lo que ofreció a cambio”. Las mejores historias en un medio de comunicación las tienen ellos.

Algo más disfrutaba: cuando yo entré, los años dorados del semanario ya habían quedado muy atrás, por lo que, a falta de reporteros, yo era el ajonjolí de todos los moles. Por tanto, me tocaba entrevistar a personajes tan diversos como Marga López, Jaime Sabines, el entonces gobernador Vicente Fox, el eternamente terco Jorge Serrano Limón (presidente de Provida), el diputado de moda Francisco Solís Peón “Pancho Cachondo”, el as del volante Félix Salgado Macedonio (entonces diputado por el PRD) y el abogado Ignacio Burgoa Orihuela, quien era de verdad digno de conocerse, entre tantos otros personajes de la vida pública nacional. Para mí es inolvidable también cuando tuve la oportunidad de ayudar a don Armando Jiménez, quien acudió a las oficinas a solicitar fotografías para ilustrar su libro Sitios de rompe y rasga en la Ciudad de México. Mirar su dedicación y escuchar sus amplios conocimientos sobre historia, cultura y cultura popular, fue asombroso. Con cada nueva fotografía que encontraba, venía enseguida una carretada de anécdotas sabrosísimas, personajes, fechas y albures que impactaban de tantas formas.

Pasé en esas oficinas momentos memorables… y otros de auténtico terror, sobre todo económico, pero esas son historias para otra ocasión.

En fin. Sólo me dio gusto encontrar esta foto y refrescar los buenos recuerdos.

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