Educación en México, maestros, sistema y realidades

 Carlos Eduardo Díaz

Periodista


El problema no es nuevo, tampoco lo es el diagnóstico, pero las soluciones están lejos de alcanzarse.

Es de todos sabido que el problema de fondo de nuestro país es la educación. El bajo nivel educativo y la deficiencia no solo del sistema escolar, sino de maestros, padres de familia, y sobre todo de un aparato burocrático disfrazado de magisterial, es el causante directo al precario estado social en el que vivimos los mexicanos. A mayor educación, mayores expectativas individuales; por el contrario, a menor preparación —académica y mental— mayor grado de conformismo e indiferencia social. Es el caso mexicano.

Los gobiernos de nuestro país, salvo honrosas, aunque muy lejanas excepciones, no suelen preocuparse por la educación. Les resulta incluso más cómodo y funcional gobernar a una masa uniforme y maleable que a un grupo de individuos con criterios propios que sea fruto del conocimiento y la reflexión.

Fue la tónica del siglo XX y es el modelo que los dos gobiernos emanados de la 4T han replicado y llevado a la apoteosis.

José Vasconcelos, quien fungió como el primer secretario de Educación Pública, en 1921, entendió que los problemas, los rezagos y las carencias provenían de la deficiente o nula educación escolar que recibían los mexicanos. Propuso convertir a la educación en una herramienta de liberación y cohesión nacional, e impulsó las misiones culturales rurales, las bibliotecas públicas, y la educación histórica visual por medio del muralismo.

Siguiendo la línea, Jaime Torres Bodet, dos veces secretario de Educación, promovió una campaña nacional contra el analfabetismo, postuló a la educación cívica y moral como el eje para la formación ciudadana, fundó la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuito y consolidó la educación primaria gratuita y masiva.

Con el tiempo, distintos investigadores, han propuesto distintas soluciones, ajustadas al tiempo y a las circunstancias, que han ido desde las reformas al sistema educativo basadas en estudios de campo, hasta descentralizar la educación, fomentar la evaluación de alumnos y maestros, y la participación de los docentes en el diseño educativo.

Si el problema es tan conocido y existen propuestas para remediarlo, ¿por qué no se ha hecho? Volvemos al origen: los gobiernos se sienten más cómodos con una ciudadanía ignorante, que carece de las herramientas para le permitan forjarse un criterio propio. Un ciudadano crítico, cuestiona, cumple con sus obligaciones y exige sus derechos. Un pueblo (genéricamente llamado así) que no lee porque ni en su casa ni en su escuela le fomentaron el placer de la lectura, está condenado a abrir la boca para recibir lo que caiga desde arriba. Y lo hará con gusto, a veces tal vez con gestos de desagrado, pero seguirá tragando sin parar, como ave de engorda.

López Obrador revirtió la Reforma Educativa de Peña Nieto. Al satanizarla de principio a fin, sin detenerse a reconocer los avances o los puntos positivos, le entregó sin empacho la educación pública a una serie de personajes sin trayectoria en el sector, quienes actuaron por dogma y construyeron los retazos en los que hoy se mueve con pesadez el aparato educativo nacional.




Libros de texto deficientes y cuestionados, alumnos con rezagos significativos a causa de la ausencia de apoyos durante la pandemia, una educación pública entregada nuevamente a los caciques y sindicatos, la destrucción de la Comisión Metropolitana de Instituciones Públicas de Educación Media Superior (Comipems) que permitía el ingreso a los planteles apoyados en los méritos de los estudiantes y hoy sustituida por el esquema llamado “Mi derecho, mi lugar”, que reparte a los alumnos bajo criterios oscuros e intrincados, y la creación de nuevas escuelas que no están avaladas por la SEP, no cuentan con instalaciones adecuadas ni con docentes suficientemente preparados y capaces. Esto sin contar los problemas de siempre, a los que a ningún gobierno, ni de antes ni de ahora, les urge solucionar.

Con un nivel promedio de escolaridad de 9.7 grados, equivalente a poco más de la educación secundaria completa, los alumnos mexicanos enfrentan desigualdades regionales, la inversión educativa por estudiante más baja entre los países de la OCDE, continuos conflictos magisteriales, y la total ausencia de la Inteligencia Artificial en los programas de estudio, siendo que países como Corea del Sur, Finlandia, España, los Estados Unidos y los Emiratos Árabes la han implementado ya, a veces, desde el jardín de niños.

Una parte esencial del problema es que, lejos de los discursos y de las buenas intenciones, la educación en México no se considera un derecho, sino un medio que permite dirigir la voluntad de millones hacia donde al sistema le convenga. Y estos millones son suficientes para encumbrar y mantener a cualquier político en el poder.


* Imagen tomada de internet

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