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Carlos Eduardo Díaz
Periodista
El día de ayer, en una sala de
espera, alguien me reconoció. Debo decir que entré a cierta oficina para hacer un trámite y de
inmediato un muchacho me saludó. Yo le devolví el saludo por cortesía y costumbre,
ante lo cual él aprovechó para comenzar a hablar conmigo con gran familiaridad. Me dijo que, a veces, cuando
su horario se lo permite, disfruta ver mi programa de TV por internet de los jueves en la noche. Me comentó que un día vio que
compartí mis libros en un grupo de Facebook, que le llamaron la atención, entró a mi perfil
y desde entonces empezó a seguirme. Me contó que hace años él también escribía.
Que su papá trabajaba en una imprenta y les llevaba muchos libros, por lo cual
tenían una gran biblioteca en su casa. Pero que, durante su adolescencia,
cometió el error de comenzar a drogarse y perdió todo. Su papá falleció, su
biblioteca se fue extraviando y ahora, aunque lleva dos años sin consumir nada
ilegal, cuando trata de volver a escribir, siente que su cerebro ya no le
responde como antes.
Yo le dije que el cerebro también
debe ejercitarse. Si llevamos mucho tiempo sin escribir, no podemos esperar
que, de un momento a otro, las palabras broten por sí solas. La mente y la mano
se oxidan si no se usan. Le recomendé unos ejercicios de redacción y, ante sus
gestos de emoción, saqué de mi mochila uno de mis libros de poesía que siempre
traía conmigo, y se lo regalé. Su rostro me dijo todo y supe de inmediato que
el libro había quedado en buenas manos. Me agradeció como veinte veces, me
pidió que se lo firmara y me aseguró que esa misma noche haría el intento de
volver a escribir. Que un mecánico lo había tomado como aprendiz y que por
ningún motivo lo iba a defraudar. Que se aplicaría en la mecánica y en la
escritura.
Todo esto sucedió en menos de
diez minutos. Fue muy grato, aunque extraño. El programa que tengo los jueves
en la noche, y en el cual, generalmente, hablo de cultura y de Historia, lo hago lo mejor que puedo, pero admito que a veces siento que casi nadie me
ve. A no ser por mis hermanas o por algún despistado, poca gente comenta algo
en vivo. Al finalizar, cuando consulto las estadísticas y me entero de que más
de seiscientas personas lo vieron, me parece irreal. Entiendo que la
mayor parte de los espectadores se limitan a mirarlo, pero no les gusta
interactuar.
La verdad es que cuando uno
publica algo, ya sea escrito o por video, no se tiene la conciencia de hasta
dónde puede llegar. Los alcances que tiene internet son prácticamente
ilimitados. Pero más allá de pensar que aquello que uno hace puede llegar al otro
lado del mundo, me parece más valioso saber que llega a donde hace falta, y eso generalmente es muy cerca de nosotros.
Escribir o decir algo a sabiendas de que va a trascender (mucho o poco, pero lo hará), necesariamente implica un mensaje de responsabilidad. Para empezar, prepararse lo mejor que se pueda antes de difundir información o emitir un juicio, porque en realidad uno desconoce hasta dónde pueden llegar sus palabras y qué tanto pueden influir en quienes las recibirán. Cuando estudié periodismo aprendí y entendí todo esto, pero, inconscientemente, cometo el error de considerar a internet como un medio menor, sin demasiada proyección. Evidentemente estoy equivocado.
He aprendido algunas lecciones muy valiosas en estos días. La primera de ellas, sin duda, a no sentirme solo durante los programas del jueves por la noche. Después hablaremos de las demás.

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