El nuevo rostro del mercado

 Carlos Eduardo Díaz

Periodista


Ayer fui a regalar libros. En distintas ocasiones he escrito acerca del enorme trabajo que me cuesta deshacerme de algunos ejemplares. No importa de cuáles se traten; yo aprecio por igual los libros que me son útiles que aquellos que solamente están de adorno. Sin embargo, los libros que jamás voy a leer, que son ajenos a los temas que acostumbro —literatura, historia, política, humanidades en general— o que simplemente ya leí y ya no caben en mis libreros, comienzan a ser candidatos a cambiar de dueño.

 

Cuando me veo en esta penosa necesidad, opto por donarlos. Por ningún motivo los llevaría al reciclaje. Llevar cajas repletas de libros para recibir dos pesos por kilo y saber que serán convertidos en cartón, es un crimen. Generalmente se los obsequio a un muchacho que, amablemente, se dedica a comprar y vender libros. Al conversar con él me dijo que la venta está peor que nunca. Que solamente ha vendido seis libros nuevos en lo que va del año; que se mueve más el libro de segunda mano, por el precio. Él tiene la teoría de que la gente ahora lee en sus teléfonos, por eso pasa tanto tiempo con los ojos untados a la pantalla. Yo, carente de optimismo, sé que la mayor parte de quienes ven su teléfono en la calle están revisando por vigésima vez los mismos mensajes de WhatsApp, viendo por encima las publicaciones de Facebook o viendo a medias decenas de videos de gatos y perros en Tik Tok.

 

Me dijo este humilde microempresario que ya casi nadie compra libros. Que ha pensado en rematar todo lo que tiene para comenzar algún otro negocio; que una vez, incluso, trató de donar todo su inventario a la UNAM, pero que no se lo aceptaron. Le informaron que aceptan donaciones, pero solamente de libros actuales y de preferencia nuevos. Ya nadie quiere libros, se lamentó.

 

Aunque a mí me causa malestar estomacal pensar en un libro que no esté impreso, debo confesar que, ahora que me decidí a publicar exclusivamente en formato virtual, mis ventas han aumentado. Los libros impresos poseen un romanticismo difícil de superar, es cierto, pero hoy se venden a cuentagotas.

 


En este mundo y estos tiempos en que incluso la realidad es efímera y desechable, y que nuestro equipaje diario cabe en el bolsillo del pantalón, quienes nos dedicamos a escribir debemos encontrar el modo de adaptarnos a los gustos de la gente y a la demanda del mercado en general. No faltarán dos o tres personas, o quince o cien o doscientas, que me digan que estoy equivocado; que ellas sí leen y compran libros impresos. Pero una golondrina no significa primavera. El mundo, los gustos y el mercado han cambiado, y hay una elevada probabilidad de que no nos agrade su nuevo rostro. Quizá tiene que ser así. Es el irremediable momento en que incluso el mundo nos comienza a parecer ajeno.


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Imagen tomada de internet.

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