La Cabeza de Tecaxic-Calixtlahuaca

 Carlos Eduardo Díaz

Periodista


La arqueología sirve para escribir la prehistoria, para reconstruir la Historia, para comprender las culturas del pasado y preservar el patrimonio cultural. Sin embargo, a veces la arqueología tiene otra función: la de sorprendernos gracias al hallazgo de objetos que aparentemente carecen de explicación. Este es el caso de la Cabeza de Tecaxic-Calixtlahuaca.

Localizada en 1933 cerca de Toluca, en el Estado de México, lo que hace tan particular a esta pieza es que se trata de una figura romana que históricamente no debería encontrarse en nuestro país. Veamos.

El descubrimiento

En 1933, un joven arqueólogo de 37 años llamado José García Payón, se encontraba realizando excavaciones en la zona de Tecaxic-Calixtlahuaca, un sitio arqueológico cercano a Toluca, donde se desarrolló la cultura matlatzinca.

Los antiguos habitantes de esta región fueron influenciados primero por los toltecas y después por los mexicas, cuando fueron conquistados por Tenochtitlan alrededor del año 1476. De hecho, fue bajo la dominación mexica cuando se construyó Calixtlahuaca.

Pues bien, a pesar de su corta edad, García Payón había sido designado desde 1929 como jefe del Departamento de Arqueología del gobierno del Estado de México, y desde 1930 había comenzado las excavaciones en la zona. De Tecaxic-Calixtlahuaca le interesaba especialmente la arquitectura monumental.




Sin embargo, nada lo prepararía para lo que vendría a continuación.

"A fines del año de 1933 emprendí la exploración del montículo 6 de la zona arqueológica de Tecaxic-Calixtlahuaca, en el Valle de Toluca –escribió el arqueólogo en su informe–; durante el curso de los trabajos se demostró que esta plataforma contenía tres superposiciones. Como la última o tercera época se halla más elevada que las anteriores, decidí llevar a cabo una exploración desde encima para ver si era posible encontrar los vestigios arquitectónicos correspondientes a las dos épocas constructivas anteriores. Después de remover una gruesa capa de tierra, encontramos dos pisos superpuestos separados entre sí por una capa de 20 cm. de tierra (…) Atravesamos los dos pisos y continuamos bajando, encontrando a poco el piso de la segunda época (…) lo atravesamos, y entre dicho piso y el de la primera época encontramos dos entierros por cremación con cerámica y un buen número de artefactos correspondientes al periodo Azteca-Matlazinca."

Entre estos artefactos se encontraba precisamente la singular cabeza.

La incógnita

De apenas diez centímetros de largo, la cabecita de terracota representa a un hombre barbado con rasgos europeos, quien, en la parte superior, presume un inusual gorro. El hecho de que esta figurilla se haya encontrado en un entierro ubicado debajo de tres pisos intactos de una estructura piramidal, y que el entierro no presentara signos de saqueo (pues las figuras de barro cocido, hueso, cristal de roca, turquesa, cobre y oro se hallaban intactas), descarta que la tumba haya sido profanada y por tanto modificada. Por consiguiente, se tiene prácticamente la certeza de que la cabecita fue puesta en ese lugar desde un principio. Si consideramos que el entierro fue datado entre 1476 y 1510, estamos hablando de que la cabeza fue sepultada entre 40 y 10 años antes de la llegada de Hernán Cortés a estas tierras.

El primer experto en prestarle atención a esta figurilla fue el etnólogo austriaco Robert von Heine Geldern, en 1959, quien sugirió su origen europeo. Un año después, Ernst Boehringer, presidente del Instituto Alemán de Arqueología, opinó que es de manufactura romana y creada entre los siglos II y III d.C. Incluso, la existencia de la cabecita suscitó controversia durante el XXXIV Congreso Internacional de Americanistas, llevado a cabo en Viena, en 1960.

¿Qué significaba la existencia de esta figurilla? ¿Contactos transoceánicos precolombinos entre América y Europa? ¿La alteración de la tumba para introducir la cabecita que habría llegado con los conquistadores europeos? ¿Un severo error de datación? ¿Acaso una falsificación o incluso algún tipo de broma por parte de un arqueólogo que habría depositado la pieza durante la excavación con el único fin de divertirse y generar controversia?




Desde sus primeros años, distintos especialistas han analizado la pieza, desde su composición, hasta el estilo y la técnica de fabricación, pasando, desde luego, por los rasgos del rostro, las características del cabello y el sombrero que presume la figura. Prácticamente todos han opinado que se trata de un artefacto genuino de origen romano.

Hasta ahora, no obstante, la opinión más respetada es la de doctor Bernard Andreae, director emérito del Instituto Alemán de Arqueología en Roma, quien, tras estudiar la pieza, concluyó que "es una obra romana de alrededor del siglo II d.C., y el peinado y la forma de la barba presentan las características típicas del período de los emperadores severianos (193-235 d.C.), según la ‘moda’ de la época."

En 1995, el Laboratorio de Arqueometría de Heidelberg, Alemania, llevó a cabo un análisis de la pieza por medio de la termoluminiscencia, que es un método de datación empleado para determinar la edad de las piezas que hayan sido sometidas a calentamiento artificial para su cocción. Los resultados fueron concluyentes: la cabeza fue hecha entre el siglo IX a. C. y mediados del siglo XIII d. C. Aunque se trata de un periodo muy amplio, y por lo tanto inexacto, arroja con certeza un dato valioso: la figurilla es precolombina. Sin embargo, la gran pregunta continúa sin respuesta: ¿cómo llegó a nuestro país antes que los españoles?

En la actualidad, la hipótesis que genera más consensos es que la Cabeza de Tecaxic-Calixtlahuaca arribó a nuestro continente junto con los restos de algún naufragio romano, fenicio o bereber (pueblos del norte africano), pero se enfatiza en que estas circunstancias no pueden considerarse contacto precolombino entre América y otra región del mundo, mucho menos debe hablarse de un “descubrimiento” adelantado.

Entre hipótesis y estudios, la figurilla, que se encuentra bajo resguardo del Instituto Nacional de Antropología e Historia en la Ciudad de México, continúa siendo uno de los objetos más fascinantes hallados en nuestro país gracias a la arqueología.


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Imágenes tomadas de internet

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