JOSÉ MOJICA: LA FE COMO REDENCIÓN Y CAMINO
Carlos Eduardo Díaz
Periodista
El título del libro es sugerente,
sobre todo tratándose de una autobiografía: Yo pecador. Una
confesión, una colección de confidencias, una vida ejemplar. El relato de los
días de un hombre llamado Crescenciano Abel Exaltación de la Cruz José
Francisco de Jesús Mojica Montenegro y Chavarín, pero que la Historia y el
mundo del espectáculo llamaron simplemente “José Mojica”, un personaje que tal
vez hoy resulta desconocido, pero que, en sus momentos de gloria, fue de los
mejores tenores del mundo, además de gran estrella de cine: protagonizó cuatro
películas en México, doce en Hollywood y una más en Argentina.
José Mojica nació en San Gabriel,
Jalisco, 14 de septiembre de 1895. Al morir su padre, su madre se vio en la necesidad
de emigrar a la Ciudad de México. Niño aún, Mojica terminó sus estudios básicos
en la capital del país y comenzó a estudiar Agronomía. Sin embargo, el camino
de la música lo había llamado desde un principio. Ingresó al Conservatorio
Nacional de Música, donde fue alumno del célebre José Pierson, el descubridor y
maestro de Pedro Vargas, Juan Arvizu, Hugo Avendaño, Jorge Negrete y el doctor
Alfonso Ortiz Tirado, entre otros figurones de la época. Mojica no se equivocó
de camino. Su talento era tan grande que el propio Enrico Caruso llegó a
expresar admiración por su educada voz.
Debutó como tenor en el Teatro
Ideal y pronto brilló en El barbero de Sevilla en 1916, donde se ganó al
público. Con hambre de grandeza, se trasladó a Nueva York en plena Primera
Guerra Mundial. Alternaba sus anhelos de fama con un humilde trabajo como
lavaplatos en un restaurante de lujo. Mientras interpretaba uno de tantos
pequeños papeles en teatro, llamó la atención del compositor Ernesto Lecuona,
quien lo llevó a Hollywood.
Desde ese momento, su carrera
despegó definitivamente: cantó en Cuba, grabó discos, conquistó la ópera
internacional con el apoyo de Caruso y compartió escena con las figuras más
grandes del espectáculo. En el cine, también triunfó, primero en Estados Unidos
y luego en México, donde se volvió se consolidó como una verdadera estrella.
Para entonces, ya era millonario, famoso y galán.
Cuando se encontraba en la cima
de su fama, una desconocida joven se le acercó para rogarle que leyera una
composición que acababa de escribir. Él lo hizo, la canturreó y de inmediato se
decidió a grabarla. Se trataba de María Grever y la canción era "Júrame", la cual, curiosamente, no fue compuesta como bolero, sino como tango.
Cuando José Mojica parecía tenerlo todo, algo
sucedió que lo cambió para siempre: la muerte de su madre lo envolvió en un
manto de tristeza. Durante meses se encerró en sí mismo, meditando el propósito
de su vida. Entonces decidió comenzar a vivir por primera vez: dejó todo. Abandonó
la fama, vendió sus bienes y tomó los hábitos franciscanos. Adoptó el nombre de
Fray José de Guadalupe Mojica y fue ordenado sacerdote en Perú en 1947. A pesar
de todo, nunca logró alejarse definitivamente de los escenarios, pues aprovechó
su voz y su fama para recaudar fondos y apoyar causas religiosas.
Al respecto, hay una anécdota
interesante: mientras filmaba una película, le confió a su gran
amigo Agustín Lara que, en cuanto terminara el rodaje, ingresaría al noviciado
franciscano. El compositor no lo podía creer; quedó tan impactado que esa noche
le escribió una de sus canciones más famosas: "Solamente una vez",
que es un homenaje a su vida y a su vocación.
La conversión de Mojica fue
total. Se cuenta que, a tal grado llegó su pobreza que, cuando murió, en la
ciudad de Lima, donde residía, además de su viejo hábito, su única posesión era
un traje negro, que, de tan gastado, parecía más bien de color verde.
El buen fraile escribió su
autobiografía, a sugerencia de sus superiores. Yo pecador incluso fue llevada al cine
en 1959; Pedro Armendáriz se encargó de encarnarlo.
Sin ser un escritor prodigioso,
José Mojica transmite en este libro algo sumamente valioso y que yo: sencillez
y emoción. Pasajes altamente humanos que llegan a sentirse como propios, como el
episodio de la muerte de su pequeño hermano, quien falleció a causa de la
viruela que él le contagió.
El padre Mojica murió en 1974, tras sufrir una
devastadora hepatitis. Anteriormente, a causa de severos problemas de circulación,
le habían amputado una pierna. Sus restos fueron sepultados con extrema
humildad en las catacumbas del convento franciscano donde residía, pero su historia de vida sigue hablándonos de un hombre que decidió renunciar al mundo con tal de perseguir el Cielo.
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Estimado editor, si desea reproducir este texto en su espacio, escriba por favor a 3carloseduardo1@gmail.com
Fotografías tomadas de internet, excepto la portada del libro
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