LUPE RIVAS CACHO: UNA DIVA DE A DEVERAS
Carlos Eduardo Díaz
Periodista
Hoy está prácticamente olvidada, pero en sus mejores días fue una leyenda
viva. Se llamaba Guadalupe; “Lupe”, de cariño, pero Lupe Rivas Cacho era su
nombre de guerra.
La Rivas Cacho nació en 1894 y murió en 1975, por lo que le tocó vivir —y
brillar— durante la época dorada de las carpas y el teatro frívolo en México.
A los trece años comenzó a trabajar en
zarzuelas y operetas, para después integrarse de lleno al teatro de revista. De
hecho, fue una de las pioneras de la sátira política sobre los escenarios.
Algunos de sus biógrafos sostienen incluso que fue la primera mujer que se
atrevió a burlarse abiertamente de los políticos en público, sin rodeos ni
concesiones. Y lo hacía, muchas veces, frente a ellos mismos: no faltaba el
alto funcionario que acudía a aquellas funciones para reír a carcajada limpia
mientras le ventilaban sus trapos sucios. Por cierto, la apodaban “La
pingüitica”, por chaparrita.
Meticulosa hasta el extremo, buscaba dotar de
autenticidad a sus personajes. Para lograrlo, se dice que les compraba la ropa
a los indigentes y borrachos, incorporando así una crudeza poco habitual en el
teatro de su tiempo. A ello se sumaba su fama de tener una lengua ágil y
filosa, pues era también una consumada maestra del albur.
Nacida en la Ciudad de México, su vida
artística comenzó muy temprano. Recorrió escenarios no solo en su ciudad natal,
sino también en plazas importantes de Jalisco, Nuevo León y diversas regiones
del sureste mexicano, donde consolidó su fama.
Varias cualidades la llevaron a destacar en
este tipo de espectáculos: su belleza, su chispa, su simpatía, su capacidad de
improvisación y su voz. Un conjunto de virtudes que cualquier empresario
teatral anhelaba, especialmente a principios del siglo XX, cuando el teatro de
carpa requería figuras capaces de conectar de inmediato con el público popular.
En 1910 se integró formalmente al teatro de
revista y trabajó junto al actor y empresario Leopoldo “El cuatezón” Beristáin,
quien montaba zarzuelas de corte nacionalista. Así, Lupe se convirtió en tiple
—la voz femenina más aguda del teatro lírico— y alcanzó tal éxito que, según se
decía, las carcajadas de sus funciones se escuchaban hasta el Zócalo, a varias
cuadras de distancia.
Para 1920, ya considerada una auténtica diva,
formó su propia compañía, consolidando su independencia artística y económica,
algo poco común para una mujer de su tiempo.
Su vida también se entrelazó con figuras clave
de la cultura mexicana. Fue amante de Diego Rivera y, junto a él, participó en
el Grupo Solidario del Movimiento Obrero, en el que colaboraban artistas e
intelectuales como José Clemente Orozco, Xavier Guerrero y el líder sindical
Vicente Lombardo Toledano. La huella que dejó en Rivera fue tal que, en 1922,
el pintor la inmortalizó en su mural La
creación, ubicado en el Anfiteatro Simón Bolívar del Antiguo Colegio de
San Ildefonso.
Impulsada por su éxito, cruzó el Atlántico y
durante más de una década se presentó en España con gran aceptación. Su fama
llegó incluso a París, donde, según la anécdota, el público francés,
impresionado por su belleza, exclamó: «¡Es un
mármol!».
Más adelante incursionó en el cine. Aunque sus
papeles no fueron protagónicos, participó en películas como El charro y la dama (1949), ¡Qué bravas son las costeñas! (1955) y Club de señoritas (1956), esta última al
lado de Joaquín Pardavé.
Lupe Rivas Cacho fue, en toda la extensión de
la palabra, una diva. Como suele ocurrir con estas figuras, muchas de las
mejores historias de su vida se las llevó a la tumba. Sin embargo, antes de
morir, confió parte de su memoria al pintor Tomás González, a quien entregó un
baúl lleno de recuerdos. Ese tesoro, para fortuna de todos, se resguarda hoy en
el Museo del Estanquillo, como testimonio de una mujer que hizo reír, pensar y
desafiar a toda una época.
***
Estimado editor, si desea reproducir este texto en su espacio, por favor escriba a 3carloseduardo1@gmail.com
Imágenes tomadas de internet
Comentarios
Publicar un comentario