MITOS Y LEYENDAS DE LA SEMANA SANTA

 Carlos Eduard Díaz

Periodista


La Semana Santa tiene un carácter evidentemente religioso. Para el mundo cristiano, las celebraciones de la también llamada Semana Mayor conmemoran la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Sin embargo, las ceremonias no son iguales en todos los países ni en todos los lugares. Esto se debe a que los ritos y creencias se nutren de diversas tradiciones.

 


En el caso mexicano, la religiosidad popular es, en ocasiones, más fuerte que el dogma. Por eso existen los santos populares (Malverde, la Santa Muerte, Juan Soldado, etcétera), las peregrinaciones y, en el caso de la Semana Santa, prácticas como los penitentes extremos de Taxco, la Procesión del Silencio, la quema del Judas o la costumbre de mojarse en las calles durante el Sábado de Gloria.

 

A la par de todo esto, hay una buena cantidad de mitos y leyendas que tienen finalidades didácticas. Por muy sobrenaturales que sean, los mensajes de fondo son básicamente los mismos: respeta el día, guarda silencio, mantén recogimiento. Más allá de creer o no creer en ellas, resultan sumamente interesantes, sobre todo porque muchas se han olvidado o se encuentran en desuso. Veamos algunas.

 

Por principio de cuentas, debemos mencionar las “prohibiciones” del Viernes Santo. Antiguamente se aseguraba que quien hacía fiesta ese día podía sufrir castigos o mala suerte. En distintos pueblos se pensaba que el Viernes Santo no era un día cualquiera, sino un momento en que el mundo estaba “sin protección divina”, porque Jesucristo había muerto. Por tanto, no se debía bailar, beber ni hacer ruido.

 

Quienes desobedecían escuchaban lamentos en la madrugada, veían sombras que los seguían o sufrían accidentes inexplicables. En versiones más antiguas, la gente decía que podían “quedar atrapados entre los vivos y los muertos”. Insisto: estas leyendas no tienen como finalidad provocar miedo, sino que son una forma de imponer respeto al día más solemne.

 

Otra de las leyendas de la temporada es la del jinete oscuro, un espectro que recorre pueblos durante la madrugada del Viernes Santo. Se cuenta que va vestido de negro, que carece de rostro visible y que monta un caballo que no hace ruido. El jinete recorre calles vacías o caminos rurales. No deja huellas, los perros no ladran y, si alguien lo mira directamente, desaparece. En algunas versiones representa la muerte misma o el alma de Judas Iscariote condenada a vagar eternamente.

 


En otras versiones, se afirma que se trata del Judío Errante. Esta figura folclórica nació en Europa y se dice que es un hombre condenado a vagar por la Tierra hasta la segunda venida de Cristo. Según la tradición, se burló de Jesús mientras cargaba la cruz, por lo cual el propio Jesús le dijo: “Yo me voy, y tú esperarás hasta que regrese”, lo que se convirtió en su maldición.

 

Por tradición, las personas solían vestir de negro en señal de luto y también se cubrían las imágenes y los espejos. Esto último tenía como finalidad evitar la vanidad (olvidarse de lo superficial y enfocarse en lo espiritual), pero también incluía un componente de creencia popular y superstición: hasta mediados del siglo pasado, se pensaba que, durante el Viernes Santo, el mundo espiritual estaba más “abierto”, por lo cual los espejos podían atraer o reflejar almas, o incluso servir como puertas simbólicas hacia lo sobrenatural.

 

Por otro lado, hay quienes consideran que durante el Sábado de Gloria las almas pueden vagar libremente. Este día es visto como un momento intermedio: Cristo ha muerto, pero aún no resucita. Se dice que las puertas del más allá se abren, las almas pueden regresar y los espíritus se manifiestan por medio de sombras, ruidos o velas cuyas flamas se mueven o se apagan solas. Por estas razones, se solían dejar veladoras encendidas y se evitaba barrer (para no “ahuyentar” a las ánimas ni alterar energías indeseables).

 

Muchas otras tradiciones populares han quedado en el recuerdo. Entre ellas, hacer dulces para regalarlos a los vecinos; que las emisoras de radio tocaran exclusivamente música sacra o, en su caso, baladas de amor; que las parejas no tuvieran relaciones sexuales, pues corrían el riesgo de “quedarse pegados”; o la recomendación de no hablar en voz alta ni usar malas palabras, ya que se consideraba una invitación al diablo. Tampoco se debía regañar a los niños y era de suma importancia evitar los conflictos de todo tipo.

 


Otra tradición señalaba que no se debía vestir de rojo, pues podía representar la sangre derramada por Cristo; asimismo, no se debían cortar árboles durante el Triduo Pascual, ya que, en lugar de savia, se creía que derramarían sangre, entre muchas otras costumbres.

 

Lo dicho: la religiosidad popular es, en muchas ocasiones, más fuerte que los dogmas.


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Imágenes tomadas de internet

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