¿POR QUÉ SON NECESARIAS LAS LEYENDAS DE FANTASMAS?
Carlos Eduardo Díaz
Periodista
Desde niño me he sentido
fascinado por las leyendas. Algunos de mis recuerdos favoritos están
relacionados con las tardes de lluvia. Cuando la suerte nos era propicia y se
iba la luz, mis hermanas y yo aprovechábamos para contar historias de
fantasmas. El sonido de la lluvia, la claridad del día marchándose despacio y
el eco distante del silencio nos regalaban el ambiente que necesitábamos.
Vivíamos en La Magdalena
Contreras, al sur de la Ciudad de México, que por entonces era —y de algún modo
lo sigue siendo— una pequeña comunidad con aires pueblerinos. La cercanía con
cerros, bosques y ríos hacía posible que las leyendas de brujas, aparecidos,
duendes y tesoros escondidos en tiempos de la Revolución fueran abundantes, y
nosotros —mis hermanas, sobre todo— las conocíamos porque siempre había un niño
en la escuela dispuesto a contarlas y exagerarlas.
Todas esas historias salían a
relucir durante aquellos apagones. Primero fascinados por la imaginación,
después francamente aterrados, escuchábamos sin movernos aquellas anécdotas que
hablaban de brujas sin brazos ni piernas que se convertían en bolas de fuego
para volar entre los árboles; de hechiceros que se transformaban en coyotes
para vigilar desde las sombras; o de espectros atormentados que se aparecían en
las casas a oscuras donde había dinero escondido.
Las leyendas tienen la virtud de
la imaginación y de la sencillez. Hablan de la historia de un lugar no desde la
perspectiva de los grandes héroes, sino desde la voz de la gente ordinaria, que
repite y goza al recordar cuando a su abuelito se le apareció el diablo;
cuando, dicen, a la vecina se le subió el muerto; cuando la abuela de una amiga
vio una culebra mientras estaba sentada en el excusado, aunque después resultó
que era la cola de un animal que no parecía de este mundo.
Las leyendas, es verdad, son
relatos tradicionales que combinan hechos reales con elementos imaginarios o
sobrenaturales. Suelen transmitirse de manera oral y están vinculadas a
lugares, personajes o sucesos específicos que forman parte de la identidad de
una comunidad. A diferencia de los cuentos, que son casi siempre ficticios, las
leyendas parten de algo que pudo haber ocurrido —un personaje histórico, un
sitio real, un acontecimiento verificable—, pero con el tiempo se transforman,
se exageran o se enriquecen con lo fantástico.
Son importantes para un pueblo
porque preservan la memoria; no solo entretienen, sino que ayudan a la
comunidad a entender quién es, de dónde viene y cómo interpreta el mundo que la
rodea.
Con estas certezas en la mente,
me di a la tarea de recopilar historias. Decidí seleccionar una leyenda de
corte sobrenatural por cada uno de los estados de este México tan real como
imaginario. El resultado lo integré en el libro Relatos del Mictlán, en el que
habitan por igual los espectros y monstruos más afamados —como La Llorona, el
Charro Negro, la Pascualita, el Cadejo, la Carreta de la Muerte, los nahuales y
las brujas—, junto a leyendas muy locales que hablan de prisioneros encadenados
a la orilla del mar, cuyo fantasma ronda en busca de esperanza; de espíritus
tristes a los que se les descubre observando con melancolía el horizonte; o
incluso de niños fantasmas que aparecen durante ciertas noches en panteones,
parques o iglesias y gustan de hacer bromas pesadas a los paseantes.
La Historia está en los libros
especializados, pero hay otra forma sumamente gozosa de entender a una
comunidad: conocer sus miedos y sus supersticiones.
Esta es mi visión: conocer México
a través de sus fantasmas.
***
Si desean adquirir Relatos del Mictlán, escriban por favor a 3carloseduardo1@gmail.com
Comentarios
Publicar un comentario