EL PEGASO, SUS MITOS Y SÍMBOLOS
Carlos Eduardo Díaz
Periodista
El Pegaso es uno de los seres más famosos de la mitología griega. Se trata de un imponente caballo alado surgido de la sangre de Medusa. Sin embargo, su simbolismo es tan grande que su significado fue transformándose a lo largo de los siglos. En distintas épocas se le asoció con la inspiración artística y la poesía; también con la libertad y la elevación espiritual; fue ejemplo de la unión perfecta entre fuerza y sabiduría y, asimismo, se relacionó con la pureza y el poder divino.
Aunque el Pegaso es una creación de la mitología griega, existen entidades similares en las culturas nórdicas, persas e hindúes, donde los caballos celestiales representan la conexión con los dioses, la velocidad y la trascendencia. Del mismo modo, caballos alados que conducen carros de fuego —o carros celestiales— aparecen en las mitologías griega, nórdica, hebrea, hindú, egipcia, celta y mesopotámica.
Ahora bien, dentro de la arquitectura, los pegasos han sido utilizados para decorar palacios, teatros, monumentos y fachadas, pues simbolizan triunfo, prestigio y fuerza. Por esta razón suelen aparecer en edificios culturales o gubernamentales: se creía que el Pegaso otorgaba sabiduría, prudencia y buen consejo, virtudes consideradas esenciales en quienes ejercen el poder. También son comunes en grandes fuentes y esculturas monumentales, ya que, históricamente, se han relacionado con el agua sagrada, la inspiración y el nacimiento de manantiales. En la antigua Grecia, Pegaso tenía la capacidad de hacer brotar fuentes al golpear la tierra con sus cascos.
En esencia, el caballo alado representa uno de los sueños más antiguos de la humanidad: elevarse más allá de los límites terrenales.
La imagen que acompaña este escrito muestra el Zócalo de la Ciudad de México, con vista hacia la Catedral, entre 1921 y 1928, época en la que cuatro pegasos decoraban la plaza. Actualmente descansan en la explanada del Palacio de Bellas Artes.
Estas esculturas de bronce representan la ascensión y la elevación de los genios del drama y la lírica. Llegaron a México en 1911 y, aunque originalmente estaban destinadas a adornar el techo del recinto, tuvieron que ser retiradas debido a su peso, pues podían provocar hundimientos en la estructura. Antes de ocupar su lugar definitivo en la entrada del teatro, decoraron durante aproximadamente siete años las cuatro esquinas de la Plaza de la Constitución. Finalmente, cuando el Palacio de Bellas Artes fue concluido e inaugurado en 1934, las esculturas fueron colocadas en su ubicación actual.
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Imagen tomada de internet
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