MIGUEL HIDALGO: HÉROE, PADRE, BAILADOR Y BULLANGUERO

 Carlos Eduardo Díaz

Periodista


El 8 de mayo de 1753 nació Miguel Hidalgo y Costilla, bautizado con el larguísimo nombre de Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte Villaseñor. Aquel sacerdote ilustrado, aficionado a la lectura, la música, el teatro y el chocolate, pero también a la tertulia, al baile y al amor, pasaría a la historia como el hombre que, con el célebre Grito de Dolores del 16 de septiembre de 1810, encendió la llama de la lucha por la independencia de México.

 

Tan afecto era don Miguel al chocolate como amarga resultó la última etapa de su vida. Su campaña militar duró aproximadamente diez meses; no más, no menos. En las victorias, sumaba cientos de seguidores, mismos que se convertían en una incontrolable y violenta turba. Pero, tras las derrotas y las divisiones internas, la debacle llegó con asombrosa rapidez. Vapuleado por el enemigo y criticado incluso por algunos de sus antiguos compañeros, su suerte estaba echada desde muy temprano.

 


Ignacio Allende, quien al principio había sido uno de sus principales aliados, llegó a considerarlo un mal estratega. No solo contempló la posibilidad de destituirlo, sino que intentó ejecutarlo e incluso mandarlo envenenar. Hidalgo terminó desplazado del mando militar, desacreditado por parte de los insurgentes y señalado por sus enemigos como responsable del caos y las matanzas ocurridas durante la guerra. Es más, sus últimos días, previos a su detención, los vivió maniatado por orden de los propios insurgentes. 


En una carta fechada el 20 de noviembre de 1810, Allende le reclamó sin miramientos: “Usted se ha desentendido de todo nuestro comprometimiento, y lo que es más, que trata usted de declararme cándido, incluyendo en ello el más negro desprecio hacia mi amistad (…) Usted tomó partido de desentenderse de mis oficios y solo tratase de su seguridad personal dejando tantas familias comprometidas ahora que podíamos hacerlas felices, no hallo cómo un corazón humano en quien quepa tanto egoísmo; mas lo veo en usted, y veo que pasa a otro extremo, ya leo su corazón, y hallo la resolución de hacerse en Guadalajara de caudal, y a pretexto de tomar el Puerto de San Blas hacerse de un barco y dejarnos sumergidos en el desorden causado por usted”. Y remata el capitán Allende: “Si usted solo trata de su seguridad y de burlarse hasta de mí, juro a usted, por quien soy, que me separaré de todo, mas no de la justa venganza personal”.

 

Capturado en 1811, fue encarcelado en Chihuahua. Desde prisión escribió cartas en las que manifestó arrepentimiento por el rumbo que había tomado la insurrección y exhortó a varios insurgentes a abandonar las armas y reconciliarse con la Corona española, llegando a pedir que se “echaran a los pies del Trono”. Historiadores debaten hasta hoy si aquellas palabras reflejaban una auténtica retractación, una estrategia desesperada para salvar la vida o simplemente el agotamiento físico y moral de un hombre derrotado. Después de todo, bajo su mando —tal vez bajo su indiferencia o rebasado por las circunstancias—, la turba insurgente cometió sangrientas y masivas carnicerías en contra de peninsulares de todas las edades, condiciones y sexos.

 

Nada de esto evitó que la Iglesia actuara con severidad. Su antiguo amigo, el obispo Manuel Abad y Queipo, lo excomulgó y lanzó contra él una condena solemne y demoledora. Sus palabras estaban despojadas de cualquier rastro de piedad:

 

“Por la Autoridad de Dios Todopoderosos Padre, Hijo y Espíritu Santo, de la Inmaculada Virgen María, Madre y Patrona del Salvador y de todas las Vírgenes Celestiales, Ángeles, Arcángeles, Tronos, Dominios, Profetas, Apóstoles y Evangelistas, de los Santos Inocentes, que en la presencia del Cordero son hallados dignos de cantar el nuevo coro de los Benditos Mártires y de los Santos Confesores, de todas las Santas Vírgenes y de todos los Santos, juntamente con el Bendito Elegido de Dios: Sea condenado Miguel Hidalgo y Costilla, ex cura del pueblo de Dolores, lo excomulgamos y anatemizamos desde las puertas del Santo Dios Todopoderoso, le separamos para que sea atormentado, despojado y entregado a Satán y Abirón y con todos aquellos que dicen al Señor apártate de nosotros no deseando tus caminos: como el fuego se apaga con el agua, así se apague la luz para siempre a menos que se arrepienta y haga penitencia. Amén.

 


“Que el padre que creó al hombre le maldiga, que el Hijo que sufrió por nosotros le maldiga; que el espíritu Santo que se derrama en el bautismo le maldiga: que la Santa Cruz de la cual descendió Cristo triunfante sobre sus enemigos le maldiga; que María Santísima, Virgen siempre y Madre de Dios, le maldiga; que todos los Ángeles, Príncipes y Poderosos y todas las Huestes Celestiales le maldigan; que San Juan el precursor, San Pedro, San Pablo, San Andrés y todos los otros Apóstoles de Cristo juntos, le maldigan, y el resto de los discípulos y evangelistas, quienes con su redicación convirtieron al universo y la admirable compañía de mártires y confesores, quienes por sus obras fueron dignos de agradar a Dios, le maldigan. Que el Santo Coro de la Benditas Vírgenes, quienes por honor a Cristo han despreciado las cosas del mundo, le condenen, que todos los santos, que desde el principio del mundo hasta las edades más remotas sean amados por Dios, le condenen. SEA CONDENADO MIGUEL HIDALGO Y COSTILLA en dondequiera que esté ya sea en la casa, en el bosque, en el agua o en la Iglesia.

 

“Sea maldito en vida y muerte. Sea maldito en todas las facultades de su cuerpo. Sea maldito comiendo y bebiendo, hambriento, sediento, ayunando, durmiendo, sentado, parado, trabajando o descansando y sangrando. Sea maldito interior y exteriormente; sea maldito en su pelo, sea maldito en su cerebro y en sus vértebras, en sus sienes, en sus mejillas, en sus mandíbulas, en su nariz, en sus dientes y muelas, en sus hombros, en sus dedos. Sea condenado en su boca, en su pecho, en su corazón, en sus entrañas y hasta en su mismo estómago. Sea maldito en sus riñones, en sus ingles, en sus muslos, en sus genitales, en sus piernas, sus pies y uñas. Sea maldito en todas sus coyunturas y articulaciones de todos sus miembros; desde la corona de su cabeza hasta la planta de sus pies, no tenga un punto bueno. Que el hijo de Dios viviente con toda su majestad, le maldiga, y que los cielos con todos los poderes que los mueven, se levanten contra él, le maldigan y le condenen, a menos que se arrepienta y haga penitencia. Amén. Así sea. Amén”.

 

Pese a la excomunión, la derrota y el fusilamiento ocurrido el 30 de julio de 1811, la figura de Hidalgo sobrevivió al desprestigio de su tiempo. El antiguo cura rebelde, a quien habían llegado a apodar “El Zorro”, terminó convertido en el “Padre de la Patria”, símbolo fundacional de la nación mexicana y uno de los personajes más complejos, contradictorios, pero también fascinantes de la historia de México.


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Imágenes tomadas de internet

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